viernes, 7 de abril de 2017

A caballo del aniversario



En una nota publicada hace algunas semanas en un suplemento cultural, se decía, acertadamente, que la literatura infantil  y juvenil (LIJ) “es el único segmento del mercado editorial local que se expande tanto en cifras de venta como en la aparición de nuevos sellos”.

Una entre tantas otras de las grandes virtudes del nicho es el poder de adaptación a las efemérides: una producción contextual que no quede ceñida a los usos del calendario y la intención de extenderse en el tiempo. Con títulos proyectados de manera especial, el concepto motor es repensar el pasado desde una perspectiva que conjugue la ficción con lo histórico.

Así como el año anterior se publicaron volúmenes dedicados al Bicentenario de la Independencia, en 2017 el punto de partida es Mendoza, desde donde, hace doscientos años, José de San Martín inició aquella mítica marcha de su ejército hasta Chile para enfrentar a las tropas realistas.

La punta de lanza habría que buscarla allá por 2001, cuando la reconocida Adela Basch publicó su obra de teatro José de San Martín caballero del principio al fin. “Me es difícil saber el número de ediciones, porque hubo cambios de diseño y cambio de nombre de la editorial, que antes era Alfaguara y ahora es Loqueleo Santillana, y con cada cambio salía una edición nueva y también se seguía vendiendo la anterior”, detalla Basch, “pero puedo decirte que hasta ahora han sido algo más de 20.000 ejemplares”.

Pero la apuesta editorial con el Cruce de los Andes como eje va de la mano, claro, de las novedades. La gran pregunta es cómo encontrarle una vuelta de tuerca a un asunto tantas veces tratado y no caer en deslucidos estereotipos.

“Lo interesante es trabajar con autores expertos y destacados en la LIJ, que conocen muy bien el género y la forma adecuada de dirigirse a los niños”, cuenta María Fernanda Maquieira, Gerente Editorial del sello Loqueleo Santillana. “Para un tema tantas veces contado hay mucho trabajo de investigación y de lecturas previas para descubrir esas anécdotas curiosas que no aparecen en el manual. También es fundamental que los personajes no se vean estereotipados sino hallar su carnadura, su humanidad, para transmitir la emoción de los hechos”.

En la misma sintonía va Cecilia Repetti, Gerente de LIJ de SM Argentina: “Como siempre, en literatura, lo fundamental no es el tema sino el tratamiento que se le da, la aproximación estética que cada autor elige. Así es que, en nuestro caso, cada uno de los libros tiene la impronta que le ha querido dar el escritor, y en eso hemos respetado el abordaje”.

CONTAR LA HISTORIA

SM ha proyectado para este año cuatro títulos bajo el lema Gesta sanmartiniana, dentro de la colección El Barco de Vapor: Cuando andes por los Andes, de María Inés Balbín, (serie azul, desde 7 años); Albertina, la ayudante de San Martín, de Liza Porcelli Piussi (serie naranja, desde 9 años); Recuerdos para Merceditas, de Fabian Sevilla (misma serie) y El cruce. Historia de una epopeya, de Franco Vaccarini (serie roja, desde 12 años).

Otros títulos que le vienen a la saga son los de Laura Ávila, con Libertadores, de editorial Edelvives, donde una niña pehuenche se cruza accidentalmente en el camino del ejército de Los Andes, y, por la recientemente creada colección infantil Planeta Lector, Los músicos del 8, que narra las peripecias de dos chicos de ascendencia africana que forman parte de las tropas del ejército de Los Andes.

También por Edelvives, otro de los grandes del género, Mario Méndez, saldrá con El camino de San Martín y otros cuentos de concurso: una serie de relatos enmarcados donde, refiere el autor, “tres escritores y una coordinadora se reúnen para leer los textos finalistas de un concurso de cuentos para chicos sobre San Martín”.

Para Repetti, son los docentes quienes “están en el centro de este proyecto. Los que conocen a sus lectores y sabrán qué libros elegir según las necesidades y las habilidades lectoras de los alumnos”. Maquieira, por su parte, opina que encarar esta temática para un lector infantil se da “encontrando un equilibrio entre la información histórica, los datos enciclopédicos, con una ficción de calidad, de modo que lo primero sea un marco verosímil pero que lo central sea el hecho literario”.


(Publicado en la revista Acción, primera quincena de abril de 2017)

TRES NOTAS SOBRE PIGLIA


EL RESCATE

A fines de 2016, casi en paralelo con el tomo II de Los diarios de Emilio Renzi (Los años felices), Ricardo Piglia publicó en Tenemos Las Máquinas, pequeña editorial independiente de apenas cinco años de vida, Escritores norteamericanos, una serie de notas escritas allá por 1967. En su momento fueron pensadas para acompañar una selección de cuentos que editó Tiempo Contemporáneo, bajo el pulso del gran Jorge Álvarez y Pirí Lugones.

“Mi entusiasmo por la narrativa norteamericana, comprendo ahora, fue una reacción frente a la influencia de Borges y Cortázar, que hacían estragos entre los escritores de mi generación”, confiesa Piglia en la Nota a la edición. “La invasión, mi primer libro de cuentos, publicado también ese año 1967, tiene, creo, la marca de esas lecturas”.

-El libro surgió como un ofrecimiento de Ricardo –cuenta Julieta Mortati, directora de Tenemos Las Máquinas-. Él conocía la editorial y yo trabajaba como asistente suya. Como él dice en el libro, escribió esos perfiles como prólogos a la antología Crónicas de Norteamérica, y para esta edición decidió sumarle el artículo “Cuentos policiales norteamericanos”, que también había editado con Jorge Álvarez. Para el prólogo armó una secuencia de notas del diario y le sumó otras nuevas. El libro finalmente terminó saliendo en diciembre, con el reciente triunfo de Trump, en una tapa rojo Mao.

Las entradas del diario a las que se refiere Mortati pertenecen al ‘67, pero se le anexaron una de 2015 y otra de 2016. Escribe Piglia: “Transcribo aquí los apuntes de mi diario, donde anotaba la marcha del trabajo y sus condiciones materiales. Espero que el interesado o precavido lector encuentre ahí el clima de esos tiempos a la vez alegres y fervorosos”.

Escritores norteamericanos está compuesto, básicamente, por pequeñas biografías trabajadas por el bisturí de la palabra y atravesadas por la estructura -no el tono- de aquellos prólogos de prólogos de Borges; reseña bibliográfica a la vez que crítica literaria, se fusionan Faulkner, Fitzgerlad, Hemingway, Updike y Capote con Sherwood Anderson, James Purdy, Ring Lardner y Erskine Caldwell.

Queda claro que resulta extraño atenerse a la lectura de un texto que referencia pero no incluye la obra literaria del autor citado, pero eso, en algún punto, deja de extrañar: cada nota de Piglia es, de todos modos, una clase de literatura en sí misma.

LOS APÓCRIFOS

En la página 111 del tomo II de Los diarios..., en una entrada perteneciente al año 1969, se lee: “‘Sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido’, Borges. Usaré esta cita como epígrafe de mi próximo libro”.

De hecho, Piglia la utilizó, pero de manera apócrifa. El epígrafe de Nombre falso, su segundo libro de cuentos, editado en 1975 es exactamente la misma frase, pero está atribuida a Roberto Arlt.

Trescientas páginas más adelante, en una entrada de ese año de sus diarios, Piglia aclara: “Colocaré una frase de Borges al frente de mi libro Nombre falso pero se la atribuiré a Roberto Arlt: ‘Sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido’. La frase no hace más que sintetizar lo que es para mí el ‘tema’ central de ese libro: las pérdidas”.

Lo que podría sintetizar este gesto literario (tan borgeano, por cierto) es una idea que viene desde los orígenes de la literatura argentina, y que linkea directamente con lo que el propio Piglia escribiría pocos años después en Respiración artificial, publicado en 1980:

“La primera página del Facundo: texto fundador de la literatura argentina. ¿Qué hay ahí? dice Renzi. Una frase en francés: así empieza. Como si dijéramos la literatura argentina se inicia con una frase escrita en francés: On ne tue point les idées (aprendida por todos nosotros en la escuela, ya traducida) (...) Pero resulta que esa frase escrita por Sarmiento (Las ideas no se matan, en la escuela) y que ya es de él para nosotros, no es de él, es una cita. Sarmiento escribe entonces en francés una cita que atribuye a Fourtol (...) Sarmiento se equivoca. La frase no es de Fourtol, es de Volney. O sea, dice Renzi, que la literatura argentina se inicia con una frase escrita en francés, que es una cita falsa, equivocada. Sarmiento cita mal”.

Y unas líneas más abajo: “Ahí está la primera de las líneas que constituyen la ficción de Borges: textos que son cadenas de citas fraguadas, apócrifas, falsas, desviadas”. Página y media después, se lee: “El que abre, el que inaugura, es Roberto Arlt. Arlt empieza de nuevo: es el único escritor verdaderamente moderno que produjo la literatura argentina del siglo XX”.

Piglia, podríamos arriesgar, entonces, no sólo pone a Borges a clausurar el siglo XIX (“Borges es anacrónico”; “clausura por medio de la parodia la línea de la erudición cosmopolita y fraudulenta que define y domina gran parte de la literatura argentina del XIX”) y a Arlt a abrir las puertas del siglo XX, sino que, con su propia cita apócrifa de Nombre falso, donde ambos se conjugan, cierra el siglo XX.

LAS OBRAS PÓSTUMAS

Horas después de la muerte de Piglia, Mortati había confesado en su cuenta de Facebook: “El ciclo de publicaciones de Ricardo Piglia por suerte no se cierra, aún queda el tercer tomo de los Diarios y varios textos nuevos. Su muerte nos tomó de sorpresa a todas las que trabajábamos con él porque su salud estaba estable, pero ahora me doy cuenta de que se pudo haber ido en cualquier otro momento. Ricardo trabajó hasta que se le paró el corazón, que es lo mismo que decir que no podía trabajar de otro modo que no fuera con el corazón”.

Hace apenas unos días, la agencia de Guillermo Schavelzon (agente literario y amigo de Piglia durante décadas, quien fuera parte de aquel renombrado conflicto legal por Plata Quemada con Editorial Planeta) emitió un comunicado donde detalla lo que ha de venir.

Además del tomo III de los Diarios, aparecerá Por un relato futuro. Conversaciones con Juan José Saer, diálogos con aquel por quien el autor de Respiración artificial tenía una marcaba admiración; Los casos del comisario Croce, cuentos que tienen por protagonista al personaje de Blanco nocturno, algunos de los cuales formaron parte de Antología personal (FCE, 2014); y Escenas de la novela argentina, recopilación de clases que diera a través de la TV Pública. A ello se agregarían los Ensayos Completos; el citado viaje a China en 1973; La Argentina en pedazos y otros prólogos, que linkea a un libro anterior, ilustrado, donde Piglia aborda a Quiroga, Lugones, Cortázar, Viñas, Echeverría y demás; y la edición de un texto basado en un seminario dictado en la UBA en los años ‘90.

(Publicado en La Gaceta Literaria el domingo 26 de marzo de 2017)



sábado, 31 de diciembre de 2016

Papá toma


Papá toma.
Eso dice la abuela.
No sé muy bien qué quiere decir la abuela con que papá toma, aunque más o menos me lo imagino.
Mamá hace como que la escucha y se pone con algo de todo lo que tiene que hacer: ordena, plancha, nos prepara la merienda a nosotros, lava los platos.
Está bien. La abuela no es la mamá de mi mamá, sino la mamá de mi papá, por eso no tiene por qué hacerle caso. Pero hay algo entre ellas que no se entiende, como si tuvieran que estar juntas aunque no quisieran, igual que me pasa a mí con Josefina en la escuela, que es peleadora, egoísta, y sin embargo, cuando nos toca hacer las tareas juntas, no me queda otra que hacer grupo con ella.
La abuela viene casi todos los días a casa porque papá trabaja desde la mañana hasta la noche. Entonces ella le ayuda a mamá con los mandados, a cocinar o a tender la ropa, o con Guillermito, que todavía usa pañales. Espera que papá llegue, charla un rato con él, lo reta, porque las mamás siempre retan a sus hijos, y recién ahí se va a su casa. Que tampoco es tan lejos, si la abuela vive a tres cuadras.
Lo que pasa es que a papá se le hace tarde. Sale de la fábrica y siempre tiene que ir a un lugar o a otro, o se encuentra con sus amigos –eso le dice mamá: que pasa mucho tiempo con sus amigos, lo que para mí está bien: ¿a quién no le gustar estar con los amigos?– y llega para la hora de cenar, o cuando Guillermito y yo ya nos estamos por ir a dormir.
         A esa hora, papá suele hacer dos cosas: o juega con nosotros, o se enoja. Si no llega muy cansado y está con buena onda, se queda un rato en la cama contándonos chistes y nos hace cosquillas, o se pone una frazada sobre la cabeza y juega al fantasma.
Si llega enojado, no hay ni cosquillas ni fantasmas.
Yo pienso que si se enoja debe ser porque está cansado, o porque él piensa de una manera y mamá de otra, y se enganchan en esa diferencia que separa la idea de papá de la idea de mamá y la idea de mamá de la idea de papá, y pasan horas y horas hablando sobre lo mismo. Es lo que yo le digo a Guillermito: los grandes a veces son muy aburridos, y se la pasan dando vueltas con cosas que no sirven para nada.
Cuando tardamos en dormirnos, los oímos discutir desde la cama. Trato de no darle importancia a lo que hablan, más que nada porque prefiero pensar en los dragones, a los que siempre imagino azules en vez de rojos, viajando por todo el planeta, llevando a sus hijos dragoncitos abrazados bajo las alas y echándole fuego a la gente mala que los quiere herir.
La verdad, tampoco es tan raro que los papás se peleen. Yo les he preguntado a mis compañeros de la escuela y ellos dicen que les pasa lo mismo, que sus papás también discuten y pelean. Yo pienso que no está mal que los papás discutan, cualquiera puede pensar distinto de lo que piensa el otro, siempre y cuando no se peguen.
Cuando discuten los fines de semana, con Guillermito nos vamos al patio, que tiene los pastos un poco altos, porque papá nunca tiene tiempo de cortarlos y para mamá la máquina es muy pesada, pero nosotros encontramos un huequito para armar nuestro campamento.
Lo último que hicimos fue una casa para los muñecos. La construimos con los ladrillos que papá compró una vez para hacer un galponcito que nunca hizo, y un montón de botellas de vidrio vacías que estaban tiradas al fondo. Le pusimos la Mansión del Mago Botellero, porque es la casa de un brujo bueno que baja a la tierra para salvar a los niños de las cosas malas que le puedan suceder. Nos pasamos horas ahí con Guillermito, nos divertimos muchísimo.
         Pero lo más divertido fue para la navidad pasada.
Lo festejamos en casa. Papá protesto porque no quería, pero mamá le contestó que daba igual pasar vergüenza en casa propia que en casa ajena, y papá no dijo más nada. Para nosotros, genial, por fin íbamos a poder jugar con los primos, con nuestros juguetes y en nuestra habitación.
         Eso noche papá sí tomó mucho. Mientras hacía el asado, en la cena y después, cuando abrieron la sidra. Agarraba la botella del pico y bailaba mientras esperábamos que se hicieran las doce para abrir los regalos. Nosotros lo mirábamos bailar y aplaudíamos, pero a los grandes no les causo tanta gracia.
En un momento del baile, papá tropezó y enganchó con el pie el cable de las luces del arbolito. Papá no se cayó, pero el arbolito sí, justo sobre una vela que había prendido mamá para pedir por los buenos deseos, y el arbolito se empezó a prender fuego. Mamá y el tío Pocho intentaron apagarlo con los pies, pero se ve que estaba muy reseco, y no pudieron, y ahí agarraron fuego las cortinas, también. La casa era una locura. Los grandes gritaban, iban de un lado a otro con frazadas, baldes de agua, se chocaban entre ellos.
Los únicos que aprovechamos ese revuelo fuimos nosotros, que nos encargamos de rescatar los regalos. Más allá de los juguetes que eran para cada uno, mis primos se quedaron con un libro, un par de zapatillas y un juego de herramientas. Yo, con una camisa a cuadros y un folleto donde lo invitaban a papá a pasar un fin de semana en una granja de campo con amigos. A Guillermito no le quedó nada, pobre, él es muy chiquito y no entiende de estas cosas, todavía.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Romero


Aunque no me escuche, le digo a Romero que no, que es imposible que lo hayan matado los indios. Está bien, sí, hace dos días estaba vivo y ahora no respira, qué novedad. Pero ahí tirado en el galpón, entre los marlos, no puede hacer nada. No solo que no respira; tampoco habla. Porque los muertos ni hablan ni respiran. Pero con Romero es distinto, ya era distinto antes, cuando estaba vivo.

La casa no va a ser la misma sin él. Los perros se olvidan de torear a los toros cuando se acercan a la cerca de alambre, o no comen, porque no tienen quién les dé de comer. Yo tengo que poner el agua, cargar el mate, cuidarme de que el agua no se pase. Antes, a esa parte, la del agua, la hacía él. Ni que hablar del trabajo. Estoy seguro de que el trabajo se va a echar a perder.

Romero enloqueció, o terminó a enloquecer, hace un par de tardes, mientras enganchábamos al tractor el arado. Se dio vuelta de golpe, como si alguien lo hubiera llamado, “¡eh, Romero!”, y se quedó mirando el horizonte. La polvareda que tontamente quería ocultar el horizonte, más allá de la hilera de pinos.

Podía ser cualquier cosa: un camión que venía de cargar en la chacra de los Zalayeta, la camioneta de Onega, que en vez de salir por la tranquera principal había rodeado el monte y tomado el camino que vadea el arroyo.

Pero Romero no.

-Los indios –dijo, y dejó de trabajar.

Fue y se sentó en un balde de veinte litros, a la sombra del depósito de las máquinas, apoyó los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos y se dejó estar, viendo pasar las hormiguitas en fila por el surco. Estaría por llover.

No hubo forma, no quiso volver a la faena. Pasó las horas ahí sentado, como poste, de cara a la nada, mucho después que la polvareda se disipara, fuera Zalayeta u Onega o un tipo que anduviera perdido por los caminos de Dios, pero los indios, a quién se le podía ocurrir si no a Romero.

No era la primera vez que hablaba de ellos. Ya ni me acuerdo cual fue la primera. Pero hubo una segunda y una tercera y otras más. Era siempre cuando le agarraba el revire, y cuando le agarraba el revire solía ensillar su caballo -el caballo de Romero merece un capítulo aparte-, y se iba al bar de Gomito y volvía, pero no solo. En vez de quedarse allá, como hacían todos, amontonando un vino tras otro, se traía a la chacra una tropilla de borrachos y baqueanos.

Me golpeaba la puerta de la pieza y decía: llegó la indiada. Arrastraba las letras, medio en curda. Quien podía saber lo que pasaría después. Dormir no, seguro. Se dedicaban a tomar vino y gastarse en contrapuntos. Le gustaba ser local, no visitante a Romero. Yo en esos casos prefería escuchar, jamás entrometerme con la paisanada.

La otra, era irse solo al molino y cantar sin que nadie lo escuchara. Eso no era raro. Raro era él. Distinto.

Al caballo le había puesto Smith, nunca supimos por qué, por la escopeta, supongo. Lo había marcado en las ancas. No una, veinte, treinta marcas, criatura de Dios, lo que habrá sufrido con esos hierros calientes. Por qué, lo sabía él, nomás. Nunca quiso contarlo. Debía ser para que no se lo robaran. La gente,  los indios. Aunque si se lo llevaban lejos, tierra adentro, carajo, cómo lo iba a encontrar, por más que tuviera treinta marcas.

Hará una punta de días, el caballo apareció achurado cerca del molino. Acostado, de costado, el cuello torcido hacia al cielo como si lo último que hubiese hecho la pobre bestia fuera pedir clemencia, con una lanza clavada en el pecho.

Qué le pasó, le pregunté.

-Los indios, otra vez –me dijo. Y se encerró en la pieza.

Quise decirle que no, que era imposible que lo hubieran matado los indios, pero no me dio tiempo.

Hasta lo de anteanoche. Por eso habían salido las hormigas. Bruta tormenta se avecinaba. Había humedad, estaba pesado. Iba a llover, nomás.

Miré por la ventana. Abajo los relámpagos eran chispazo y destello. Quién no hubiera pensado que nos habíamos olvidado del día del pueblo y que estaban tirando fuegos artificiales. Las vacas apuntaban las ancas al sudoeste, las ranas enloquecían en el bañado.

Era la madrugada, escuché gritos en la pieza de Romero. Esperé. No era la caterva de brutos y borrachos que lo acompañaban desde el bar de Gomito cada tanto. Me levanté y lo espié. Dormido, soñaba. Se revolvía en el catre como si lo hubieran poseído los fantasmas.

Volví a mi pieza. Empezó a llover. Primero un goteo, como si cayeran clavos sobre las chapas de techo, después el chaparrón, como si el mundo entero se hubiera vuelto líquido. Despierto esperé, hasta que lo oí salir. Oí la tranca, el crujir de las bisagras. Volví a mirar por la ventana.

Romero estaba de bombacha y descalzo, el cuero desnudo. Bajo el aguacero, empapado, atacaba a cuchillazos la hilera de pinos. Le dedicaba un rato a cada uno y pasaba al otro, los acuchillaba, furioso. En la noche negra se veían volar los pedazos de corteza. Los relámpagos lo iluminaban. Los truenos resonaban, pero no podían tapar sus gritos.

-Mueran, indios hijueputa –gritaba.

La escena me superó. Cerré la ventana. Dejé que todo siguiera. Cerca del amanecer me dormí. Cuando desperté, ya no llovía. Me calcé las botas de goma y salí de la casa. El barrial cubría el campo. El cielo, encapotado, prometía más chaparrones.

Avancé entre el barro. Los troncos de la arboleda estaban despedazados, como si un jaguar gigante los hubiera arañado. La humedad ayudaba a que chorreara la savia. Romero no estaba.

Lo busqué en el depósito de las máquinas, en el corral de los animales. Nada.

Cómo llegó hasta el galpón, no sé. Tirado entre los marlos, inmóvil, parecía otra vez dormido. Me acerqué. Le hablé, como si estuviera vivo, pero supe que no lo estaba. Aun había rastros de sangre en sus manos. Claro que no era el mismo Romero. Muerto, no se parecía a nada.

Y ahí está, todavía. No me animo a levantarlo. Tengo miedo que sea verdad, que no hayan sido el árbol ni el cuchillo ni la tormenta, y que si lo corro de lugar o le doy sepultura vengan a buscarlo, y si lo vienen a buscar a él también a mí me lleven.

lunes, 27 de junio de 2016

Más de 100 jugadores sin Copa América

Este es el listado completo de jugadores que han disputado todas las Copa América (1995, 1997, 1999, 2004, 2007, 2011, 2015 y 2016; en 2001 Argentina no participó) en los veintitrés años de sequía, desde 1993 hasta la actualidad. Hay algunos ignotos, pero sobre todo hay grandes, grandes jugadores que nunca lograron obtener un título continental con la selección nacional.

Sergio Romero 
Nahuel Guzmán 
Mariano Andújar
Juan Pablo Carrizo
Roberto Abbondanzieri
Agustín Orión
Pablo Cavallero
Albano Bizarri
Carlos Roa
Ignacio González
Marcelo Ojeda
Rolando Cristante     
Germán Adrián Burgos
Carlos Bossio  

Ramiro Funes Mori 
Marcos Rojo 
Nicolás Otamendi 
Facundo Roncaglia 
Gabriel Mercado 
Jonatan Maidana 
Víctor Cuesta 
Milton Casco
Martín Demichelis
Ezequiel Garay
Pablo Zabaleta
Nicolás Burdisso
Gabriel Milito
Javier Zanetti
Nicolás Pareja
Roberto Ayala  
Daniel Alberto Díaz
Hugo Ibarra
Gabriel Heinze
Juan Pablo Sorín
Facundo Quiroga
Diego Placente
Clemente Rodríguez
Leandro Fernández
Fabricio Coloccini
Nelson Vivas
Mauricio Pocchetino
Eduardo Berizzo
Walter Samuel
Mauricio Pellegrino
Mauricio Pineda
Pablo Rotchen
Jorge Martínez
Raúl Cardozo
José Antonio Chamot  
Gabriel Schurrer   
Néstor Fabbri  

Javier Mascherano 
Augusto Fernández 
Matías Kranevitter
Éver Banega 
Lucas Biglia 
Erik Lamela 
Javier Pastore 
Fernando Gago
Roberto Pereyra
Esteban Cambiasso
Lucho González
Pablo Aimar
Juan Sebastián Verón
Juan Román Riquelme
Andrés D'Alessandro
Mariano González
Cristian González
Nicolás Medina
Andrés Guglielminpietro
Claudio Husaín
Diego Cagna
Christian Bassedas
Sergio Berti
Roberto Monserrat
Marcelo Gallardo
Rodolfo Cardoso
Hugo Pérez
Leonardo Astrada
Marcelo Escudero
Marcelo Espina
Juan José Borrelli 

Lionel Messi 
Gonzalo Higuaín 
Sergio Agüero
Ángel Di María
Nicolás Gaitán 
Ezequiel Lavezzi 
Carlos Tévez
Diego Milito
Rodrigo Palacio
Hernán Crespo
Javier Saviola
Luciano Figueroa
César Delgado
Mauro Rosales
José Luis Calderón
Gustavo López
Guillermo B. Schelotto
Martín Palermo
Ariel Ortega
Julio Cruz
Marcelo Delgado
Martín Posse
Abel Balbo



domingo, 29 de mayo de 2016

Bicentenario 2016: Cecilia Repetti


¿Cómo se pensó la colección y cuál fue el proceso?

Los libros que pertenecen al proyecto del Bicentenario se integraron dentro de la colección El Barco de Vapor, no se creó una serie ad hoc. Esta colección tiene ganado su lugar en el campo de la literatura infantil y juvenil, con autores de prestigio y gracias a su calidad literaria y estética.

¿Cómo se seleccionó a los autores? ¿Fueron obras a pedido o entregadas anteriormente?

Conocer la obra y el estilo de un autor y de qué modo construye su mundo literario es lo que permite al editor “elegir” de algún modo quién escribirá sobre el tema. Esto no es excluyente ni determina el resultado final, que está en relación directa con el proceso creativo. En el caso del Bicentenario, hubo una invitación inicial, pero la obra terminada tiene la impronta del autor, que decidió libremente qué y cómo contar su historia. Así es el caso de La maldición del arribeño, de Sebastián Vargas, o de El fantasma de Francisca, de Mario Méndez; ambas de la serie naranja de El Barco de Vapor aunque muy diferentes.

¿Y las edades y el género literario a abordar?

Se construye del mismo modo y no es determinante. Muchas veces un catálogo precisa fortalecer cierta franja, y luego del pedido, el tratamiento o la temática obligan a repensar la edad del lector. En cuanto al género, predominantemente narrativo, no invalida otras propuestas. Como el caso de Me contaron de Tucumán, de Florencia Esses, en el que aparecen cuentos, coplas, cielitos y hasta recetas del arroz con leche.

Este tipo de ediciones, ¿soportan el paso del tiempo y se sostienen en la venta? ¿Las editoriales promocionan especialmente esos títulos?

Por supuesto que soportan el paso del tiempo, en tanto se trata de literatura. Si bien hay un contexto histórico, que genera mayores ventas en una época específica (en este caso, hablamos del Bicentenario), las obras, si son de calidad, permanecen en el catálogo por muchos años.

Este tipo de movimientos editoriales ligados a circunstancias históricas, ¿fomentan y amplían la posibilidad de que los autores visiten las escuelas para trabajar los textos en clase con los niños?

Las visitas de autores a las escuelas son parte del encuentro de los autores con sus lectores, una práctica que se sostiene desde hace años. Obviamente que la demanda de los autores que escriben sobre el Bicentenario es mayor. Contar sobre cómo se documentaron, qué decisiones tomaron a la hora de escribir y cuál fue el resultado final es fascinante.

¿Cómo se hace para “llevar a los chicos a 1816”, un lugar fundacional y necesario de la historia argentina, desde la literatura?

Si bien puede ser complejo explicar la realidad de la historia argentina, la literatura se permite evocar libremente y convocar como sabe hacerlo. Contando una buena historia más o menos cercana a los hechos. Aquel baile del 10 de julio de 1816, de Ricardo Lesser, recrea un hecho festivo que efectivamente sucedió al día siguiente de la Declaración, y para ello se convoca a protagonistas de la época, como el general Manuel Belgrano o el niño Juan B. Alberdi.


Bicentenario 2016: María Fernanda Maquieira


¿Cómo se pensó la colección y cuál fue el proceso?

En Santillana tenemos un proyecto que se inició en 2010 y llega hasta 2016 para celebrar el bicentenario de todo el proceso histórico de la revolución de mayo a la independencia de nuestro país.Trabajamos con un equipo interdisciplinario de editores, historiadores y escritores para pensar una propuesta que fuera atractiva para los chicos, que tuviera rigor histórico pero cuyo eje central estuviera en lo literario. Este proyecto está garantizado por una editorial que reúne calidad literaria y solidez académica. De esa manera, surgieron obras de ficción que tienen como marco los acontecimientos históricos.

¿Cómo se seleccionó a los autores? ¿Fueron obras a pedido o entregadas anteriormente?

Los autores son de primera línea, consagrados en la LIJ, y que tienen otras obras en nuestro catálogo, como Silvia Schujer, Ricardo Mariño, Ana María Shua, María Inés Falconi, Adela Basch, entre otros, con quienes trabajamos desde hace muchos años.

¿Y las edades y el género literario a abordar?

Para celebrar la Independencia de 1816, proponemos cuatro libros que pueden ser leídos por chicos de 7 a 12 años, y que, a través de personajes y aventuras escritos por los mejores autores, acercan a los lectores aquellos sucesos que, hace doscientos años, llevaron a la independencia de nuestra Nación.
Hay diversos géneros: cuentos, novelas, obras de teatro, algunas sagas, y también variedad de estilos, tipologías y temáticas: aventura, viajes en el tiempo, fantasía, romance, humor, etc.

¿Cómo se hace para “llevar a los chicos a 1816”, un lugar fundacional y necesario de la historia argentina, desde la literatura?

Trabajar los procesos históricos desde la literatura permite recrear el clima de la época, reviviendo los momentos de tensión, ansiedad, temor o alegría de los protagonistas. Desde ese punto de vista, abordar el tema a partir de textos literarios facilitará un acercamiento a los protagonistas desde un costado más humano, abriendo a los chicos un espacio para animarse a imaginar los sentimientos de aquellos que participaron de esos momentos que recordamos como hechos articulares de la construcción de nuestra patria.

Este tipo de ediciones, ¿soportan el paso del tiempo y se sostienen en la venta? ¿Las editoriales promocionan especialmente esos títulos?

A través de la literatura cobran vida las microhistorias que, como pequeñas piezas de un gran rompecabezas, van construyendo la historia narrada en los grandes relatos. Los textos que se brindan en esta propuesta son textos literarios que merecen ser abordados desde el placer de descubrir los mundos que la literatura ofrece. Pero también son disparadores para iniciar una reconstrucción del pasado a través de la investigación de los hechos históricos. Son libros que se sostienen en el tiempo y forman parte del catálogo vivo de nuestra editorial. Para decirlo en términos numéricos, de los libros editados para el bicentenario de 1810, hemos vendido a lo largo de 5 años más de 300.000 ejemplares. Significa que para nosotros no es una movida esporádica ni oportunismo a partir de una efeméride: los libros son buenos, gustan, se leen y se siguen leyendo.

Este tipo de movimientos editoriales ligados a circunstancias históricas, ¿fomentan y amplían la posibilidad de que los autores visiten las escuelas para trabajar los textos en clase con los niños?

Por supuesto que las visitas de autores a colegios son una actividad enriquecedora y estimulante, y muchos de ellos lo hacen. Pero no debería ser la condición para seleccionar y leer una buena obra literaria en clase: el libro se debería sostener por sí solo.