sábado, 31 de diciembre de 2016

Papá toma


Papá toma.
Eso dice la abuela.
No sé muy bien qué quiere decir la abuela con que papá toma, aunque más o menos me lo imagino.
Mamá hace como que la escucha y se pone con algo de todo lo que tiene que hacer: ordena, plancha, nos prepara la merienda a nosotros, lava los platos.
Está bien. La abuela no es la mamá de mi mamá, sino la mamá de mi papá, por eso no tiene por qué hacerle caso. Pero hay algo entre ellas que no se entiende, como si tuvieran que estar juntas aunque no quisieran, igual que me pasa a mí con Josefina en la escuela, que es peleadora, egoísta, y sin embargo, cuando nos toca hacer las tareas juntas, no me queda otra que hacer grupo con ella.
La abuela viene casi todos los días a casa porque papá trabaja desde la mañana hasta la noche. Entonces ella le ayuda a mamá con los mandados, a cocinar o a tender la ropa, o con Guillermito, que todavía usa pañales. Espera que papá llegue, charla un rato con él, lo reta, porque las mamás siempre retan a sus hijos, y recién ahí se va a su casa. Que tampoco es tan lejos, si la abuela vive a tres cuadras.
Lo que pasa es que a papá se le hace tarde. Sale de la fábrica y siempre tiene que ir a un lugar o a otro, o se encuentra con sus amigos –eso le dice mamá: que pasa mucho tiempo con sus amigos, lo que para mí está bien: ¿a quién no le gustar estar con los amigos?– y llega para la hora de cenar, o cuando Guillermito y yo ya nos estamos por ir a dormir.
         A esa hora, papá suele hacer dos cosas: o juega con nosotros, o se enoja. Si no llega muy cansado y está con buena onda, se queda un rato en la cama contándonos chistes y nos hace cosquillas, o se pone una frazada sobre la cabeza y juega al fantasma.
Si llega enojado, no hay ni cosquillas ni fantasmas.
Yo pienso que si se enoja debe ser porque está cansado, o porque él piensa de una manera y mamá de otra, y se enganchan en esa diferencia que separa la idea de papá de la idea de mamá y la idea de mamá de la idea de papá, y pasan horas y horas hablando sobre lo mismo. Es lo que yo le digo a Guillermito: los grandes a veces son muy aburridos, y se la pasan dando vueltas con cosas que no sirven para nada.
Cuando tardamos en dormirnos, los oímos discutir desde la cama. Trato de no darle importancia a lo que hablan, más que nada porque prefiero pensar en los dragones, a los que siempre imagino azules en vez de rojos, viajando por todo el planeta, llevando a sus hijos dragoncitos abrazados bajo las alas y echándole fuego a la gente mala que los quiere herir.
La verdad, tampoco es tan raro que los papás se peleen. Yo les he preguntado a mis compañeros de la escuela y ellos dicen que les pasa lo mismo, que sus papás también discuten y pelean. Yo pienso que no está mal que los papás discutan, cualquiera puede pensar distinto de lo que piensa el otro, siempre y cuando no se peguen.
Cuando discuten los fines de semana, con Guillermito nos vamos al patio, que tiene los pastos un poco altos, porque papá nunca tiene tiempo de cortarlos y para mamá la máquina es muy pesada, pero nosotros encontramos un huequito para armar nuestro campamento.
Lo último que hicimos fue una casa para los muñecos. La construimos con los ladrillos que papá compró una vez para hacer un galponcito que nunca hizo, y un montón de botellas de vidrio vacías que estaban tiradas al fondo. Le pusimos la Mansión del Mago Botellero, porque es la casa de un brujo bueno que baja a la tierra para salvar a los niños de las cosas malas que le puedan suceder. Nos pasamos horas ahí con Guillermito, nos divertimos muchísimo.
         Pero lo más divertido fue para la navidad pasada.
Lo festejamos en casa. Papá protesto porque no quería, pero mamá le contestó que daba igual pasar vergüenza en casa propia que en casa ajena, y papá no dijo más nada. Para nosotros, genial, por fin íbamos a poder jugar con los primos, con nuestros juguetes y en nuestra habitación.
         Eso noche papá sí tomó mucho. Mientras hacía el asado, en la cena y después, cuando abrieron la sidra. Agarraba la botella del pico y bailaba mientras esperábamos que se hicieran las doce para abrir los regalos. Nosotros lo mirábamos bailar y aplaudíamos, pero a los grandes no les causo tanta gracia.
En un momento del baile, papá tropezó y enganchó con el pie el cable de las luces del arbolito. Papá no se cayó, pero el arbolito sí, justo sobre una vela que había prendido mamá para pedir por los buenos deseos, y el arbolito se empezó a prender fuego. Mamá y el tío Pocho intentaron apagarlo con los pies, pero se ve que estaba muy reseco, y no pudieron, y ahí agarraron fuego las cortinas, también. La casa era una locura. Los grandes gritaban, iban de un lado a otro con frazadas, baldes de agua, se chocaban entre ellos.
Los únicos que aprovechamos ese revuelo fuimos nosotros, que nos encargamos de rescatar los regalos. Más allá de los juguetes que eran para cada uno, mis primos se quedaron con un libro, un par de zapatillas y un juego de herramientas. Yo, con una camisa a cuadros y un folleto donde lo invitaban a papá a pasar un fin de semana en una granja de campo con amigos. A Guillermito no le quedó nada, pobre, él es muy chiquito y no entiende de estas cosas, todavía.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Romero


Aunque no me escuche, le digo a Romero que no, que es imposible que lo hayan matado los indios. Está bien, sí, hace dos días estaba vivo y ahora no respira, qué novedad. Pero ahí tirado en el galpón, entre los marlos, no puede hacer nada. No solo que no respira; tampoco habla. Porque los muertos ni hablan ni respiran. Pero con Romero es distinto, ya era distinto antes, cuando estaba vivo.

La casa no va a ser la misma sin él. Los perros se olvidan de torear a los toros cuando se acercan a la cerca de alambre, o no comen, porque no tienen quién les dé de comer. Yo tengo que poner el agua, cargar el mate, cuidarme de que el agua no se pase. Antes, a esa parte, la del agua, la hacía él. Ni que hablar del trabajo. Estoy seguro de que el trabajo se va a echar a perder.

Romero enloqueció, o terminó a enloquecer, hace un par de tardes, mientras enganchábamos al tractor el arado. Se dio vuelta de golpe, como si alguien lo hubiera llamado, “¡eh, Romero!”, y se quedó mirando el horizonte. La polvareda que tontamente quería ocultar el horizonte, más allá de la hilera de pinos.

Podía ser cualquier cosa: un camión que venía de cargar en la chacra de los Zalayeta, la camioneta de Onega, que en vez de salir por la tranquera principal había rodeado el monte y tomado el camino que vadea el arroyo.

Pero Romero no.

-Los indios –dijo, y dejó de trabajar.

Fue y se sentó en un balde de veinte litros, a la sombra del depósito de las máquinas, apoyó los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos y se dejó estar, viendo pasar las hormiguitas en fila por el surco. Estaría por llover.

No hubo forma, no quiso volver a la faena. Pasó las horas ahí sentado, como poste, de cara a la nada, mucho después que la polvareda se disipara, fuera Zalayeta u Onega o un tipo que anduviera perdido por los caminos de Dios, pero los indios, a quién se le podía ocurrir si no a Romero.

No era la primera vez que hablaba de ellos. Ya ni me acuerdo cual fue la primera. Pero hubo una segunda y una tercera y otras más. Era siempre cuando le agarraba el revire, y cuando le agarraba el revire solía ensillar su caballo -el caballo de Romero merece un capítulo aparte-, y se iba al bar de Gomito y volvía, pero no solo. En vez de quedarse allá, como hacían todos, amontonando un vino tras otro, se traía a la chacra una tropilla de borrachos y baqueanos.

Me golpeaba la puerta de la pieza y decía: llegó la indiada. Arrastraba las letras, medio en curda. Quien podía saber lo que pasaría después. Dormir no, seguro. Se dedicaban a tomar vino y gastarse en contrapuntos. Le gustaba ser local, no visitante a Romero. Yo en esos casos prefería escuchar, jamás entrometerme con la paisanada.

La otra, era irse solo al molino y cantar sin que nadie lo escuchara. Eso no era raro. Raro era él. Distinto.

Al caballo le había puesto Smith, nunca supimos por qué, por la escopeta, supongo. Lo había marcado en las ancas. No una, veinte, treinta marcas, criatura de Dios, lo que habrá sufrido con esos hierros calientes. Por qué, lo sabía él, nomás. Nunca quiso contarlo. Debía ser para que no se lo robaran. La gente,  los indios. Aunque si se lo llevaban lejos, tierra adentro, carajo, cómo lo iba a encontrar, por más que tuviera treinta marcas.

Hará una punta de días, el caballo apareció achurado cerca del molino. Acostado, de costado, el cuello torcido hacia al cielo como si lo último que hubiese hecho la pobre bestia fuera pedir clemencia, con una lanza clavada en el pecho.

Qué le pasó, le pregunté.

-Los indios, otra vez –me dijo. Y se encerró en la pieza.

Quise decirle que no, que era imposible que lo hubieran matado los indios, pero no me dio tiempo.

Hasta lo de anteanoche. Por eso habían salido las hormigas. Bruta tormenta se avecinaba. Había humedad, estaba pesado. Iba a llover, nomás.

Miré por la ventana. Abajo los relámpagos eran chispazo y destello. Quién no hubiera pensado que nos habíamos olvidado del día del pueblo y que estaban tirando fuegos artificiales. Las vacas apuntaban las ancas al sudoeste, las ranas enloquecían en el bañado.

Era la madrugada, escuché gritos en la pieza de Romero. Esperé. No era la caterva de brutos y borrachos que lo acompañaban desde el bar de Gomito cada tanto. Me levanté y lo espié. Dormido, soñaba. Se revolvía en el catre como si lo hubieran poseído los fantasmas.

Volví a mi pieza. Empezó a llover. Primero un goteo, como si cayeran clavos sobre las chapas de techo, después el chaparrón, como si el mundo entero se hubiera vuelto líquido. Despierto esperé, hasta que lo oí salir. Oí la tranca, el crujir de las bisagras. Volví a mirar por la ventana.

Romero estaba de bombacha y descalzo, el cuero desnudo. Bajo el aguacero, empapado, atacaba a cuchillazos la hilera de pinos. Le dedicaba un rato a cada uno y pasaba al otro, los acuchillaba, furioso. En la noche negra se veían volar los pedazos de corteza. Los relámpagos lo iluminaban. Los truenos resonaban, pero no podían tapar sus gritos.

-Mueran, indios hijueputa –gritaba.

La escena me superó. Cerré la ventana. Dejé que todo siguiera. Cerca del amanecer me dormí. Cuando desperté, ya no llovía. Me calcé las botas de goma y salí de la casa. El barrial cubría el campo. El cielo, encapotado, prometía más chaparrones.

Avancé entre el barro. Los troncos de la arboleda estaban despedazados, como si un jaguar gigante los hubiera arañado. La humedad ayudaba a que chorreara la savia. Romero no estaba.

Lo busqué en el depósito de las máquinas, en el corral de los animales. Nada.

Cómo llegó hasta el galpón, no sé. Tirado entre los marlos, inmóvil, parecía otra vez dormido. Me acerqué. Le hablé, como si estuviera vivo, pero supe que no lo estaba. Aun había rastros de sangre en sus manos. Claro que no era el mismo Romero. Muerto, no se parecía a nada.

Y ahí está, todavía. No me animo a levantarlo. Tengo miedo que sea verdad, que no hayan sido el árbol ni el cuchillo ni la tormenta, y que si lo corro de lugar o le doy sepultura vengan a buscarlo, y si lo vienen a buscar a él también a mí me lleven.

lunes, 27 de junio de 2016

Más de 100 jugadores sin Copa América

Este es el listado completo de jugadores que han disputado todas las Copa América (1995, 1997, 1999, 2004, 2007, 2011, 2015 y 2016; en 2001 Argentina no participó) en los veintitrés años de sequía, desde 1993 hasta la actualidad. Hay algunos ignotos, pero sobre todo hay grandes, grandes jugadores que nunca lograron obtener un título continental con la selección nacional.

Sergio Romero 
Nahuel Guzmán 
Mariano Andújar
Juan Pablo Carrizo
Roberto Abbondanzieri
Agustín Orión
Pablo Cavallero
Albano Bizarri
Carlos Roa
Ignacio González
Marcelo Ojeda
Rolando Cristante     
Germán Adrián Burgos
Carlos Bossio  

Ramiro Funes Mori 
Marcos Rojo 
Nicolás Otamendi 
Facundo Roncaglia 
Gabriel Mercado 
Jonatan Maidana 
Víctor Cuesta 
Milton Casco
Martín Demichelis
Ezequiel Garay
Pablo Zabaleta
Nicolás Burdisso
Gabriel Milito
Javier Zanetti
Nicolás Pareja
Roberto Ayala  
Daniel Alberto Díaz
Hugo Ibarra
Gabriel Heinze
Juan Pablo Sorín
Facundo Quiroga
Diego Placente
Clemente Rodríguez
Leandro Fernández
Fabricio Coloccini
Nelson Vivas
Mauricio Pocchetino
Eduardo Berizzo
Walter Samuel
Mauricio Pellegrino
Mauricio Pineda
Pablo Rotchen
Jorge Martínez
Raúl Cardozo
José Antonio Chamot  
Gabriel Schurrer   
Néstor Fabbri  

Javier Mascherano 
Augusto Fernández 
Matías Kranevitter
Éver Banega 
Lucas Biglia 
Erik Lamela 
Javier Pastore 
Fernando Gago
Roberto Pereyra
Esteban Cambiasso
Lucho González
Pablo Aimar
Juan Sebastián Verón
Juan Román Riquelme
Andrés D'Alessandro
Mariano González
Cristian González
Nicolás Medina
Andrés Guglielminpietro
Claudio Husaín
Diego Cagna
Christian Bassedas
Sergio Berti
Roberto Monserrat
Marcelo Gallardo
Rodolfo Cardoso
Hugo Pérez
Leonardo Astrada
Marcelo Escudero
Marcelo Espina
Juan José Borrelli 

Lionel Messi 
Gonzalo Higuaín 
Sergio Agüero
Ángel Di María
Nicolás Gaitán 
Ezequiel Lavezzi 
Carlos Tévez
Diego Milito
Rodrigo Palacio
Hernán Crespo
Javier Saviola
Luciano Figueroa
César Delgado
Mauro Rosales
José Luis Calderón
Gustavo López
Guillermo B. Schelotto
Martín Palermo
Ariel Ortega
Julio Cruz
Marcelo Delgado
Martín Posse
Abel Balbo



domingo, 29 de mayo de 2016

Bicentenario 2016: Cecilia Repetti


¿Cómo se pensó la colección y cuál fue el proceso?

Los libros que pertenecen al proyecto del Bicentenario se integraron dentro de la colección El Barco de Vapor, no se creó una serie ad hoc. Esta colección tiene ganado su lugar en el campo de la literatura infantil y juvenil, con autores de prestigio y gracias a su calidad literaria y estética.

¿Cómo se seleccionó a los autores? ¿Fueron obras a pedido o entregadas anteriormente?

Conocer la obra y el estilo de un autor y de qué modo construye su mundo literario es lo que permite al editor “elegir” de algún modo quién escribirá sobre el tema. Esto no es excluyente ni determina el resultado final, que está en relación directa con el proceso creativo. En el caso del Bicentenario, hubo una invitación inicial, pero la obra terminada tiene la impronta del autor, que decidió libremente qué y cómo contar su historia. Así es el caso de La maldición del arribeño, de Sebastián Vargas, o de El fantasma de Francisca, de Mario Méndez; ambas de la serie naranja de El Barco de Vapor aunque muy diferentes.

¿Y las edades y el género literario a abordar?

Se construye del mismo modo y no es determinante. Muchas veces un catálogo precisa fortalecer cierta franja, y luego del pedido, el tratamiento o la temática obligan a repensar la edad del lector. En cuanto al género, predominantemente narrativo, no invalida otras propuestas. Como el caso de Me contaron de Tucumán, de Florencia Esses, en el que aparecen cuentos, coplas, cielitos y hasta recetas del arroz con leche.

Este tipo de ediciones, ¿soportan el paso del tiempo y se sostienen en la venta? ¿Las editoriales promocionan especialmente esos títulos?

Por supuesto que soportan el paso del tiempo, en tanto se trata de literatura. Si bien hay un contexto histórico, que genera mayores ventas en una época específica (en este caso, hablamos del Bicentenario), las obras, si son de calidad, permanecen en el catálogo por muchos años.

Este tipo de movimientos editoriales ligados a circunstancias históricas, ¿fomentan y amplían la posibilidad de que los autores visiten las escuelas para trabajar los textos en clase con los niños?

Las visitas de autores a las escuelas son parte del encuentro de los autores con sus lectores, una práctica que se sostiene desde hace años. Obviamente que la demanda de los autores que escriben sobre el Bicentenario es mayor. Contar sobre cómo se documentaron, qué decisiones tomaron a la hora de escribir y cuál fue el resultado final es fascinante.

¿Cómo se hace para “llevar a los chicos a 1816”, un lugar fundacional y necesario de la historia argentina, desde la literatura?

Si bien puede ser complejo explicar la realidad de la historia argentina, la literatura se permite evocar libremente y convocar como sabe hacerlo. Contando una buena historia más o menos cercana a los hechos. Aquel baile del 10 de julio de 1816, de Ricardo Lesser, recrea un hecho festivo que efectivamente sucedió al día siguiente de la Declaración, y para ello se convoca a protagonistas de la época, como el general Manuel Belgrano o el niño Juan B. Alberdi.


Bicentenario 2016: María Fernanda Maquieira


¿Cómo se pensó la colección y cuál fue el proceso?

En Santillana tenemos un proyecto que se inició en 2010 y llega hasta 2016 para celebrar el bicentenario de todo el proceso histórico de la revolución de mayo a la independencia de nuestro país.Trabajamos con un equipo interdisciplinario de editores, historiadores y escritores para pensar una propuesta que fuera atractiva para los chicos, que tuviera rigor histórico pero cuyo eje central estuviera en lo literario. Este proyecto está garantizado por una editorial que reúne calidad literaria y solidez académica. De esa manera, surgieron obras de ficción que tienen como marco los acontecimientos históricos.

¿Cómo se seleccionó a los autores? ¿Fueron obras a pedido o entregadas anteriormente?

Los autores son de primera línea, consagrados en la LIJ, y que tienen otras obras en nuestro catálogo, como Silvia Schujer, Ricardo Mariño, Ana María Shua, María Inés Falconi, Adela Basch, entre otros, con quienes trabajamos desde hace muchos años.

¿Y las edades y el género literario a abordar?

Para celebrar la Independencia de 1816, proponemos cuatro libros que pueden ser leídos por chicos de 7 a 12 años, y que, a través de personajes y aventuras escritos por los mejores autores, acercan a los lectores aquellos sucesos que, hace doscientos años, llevaron a la independencia de nuestra Nación.
Hay diversos géneros: cuentos, novelas, obras de teatro, algunas sagas, y también variedad de estilos, tipologías y temáticas: aventura, viajes en el tiempo, fantasía, romance, humor, etc.

¿Cómo se hace para “llevar a los chicos a 1816”, un lugar fundacional y necesario de la historia argentina, desde la literatura?

Trabajar los procesos históricos desde la literatura permite recrear el clima de la época, reviviendo los momentos de tensión, ansiedad, temor o alegría de los protagonistas. Desde ese punto de vista, abordar el tema a partir de textos literarios facilitará un acercamiento a los protagonistas desde un costado más humano, abriendo a los chicos un espacio para animarse a imaginar los sentimientos de aquellos que participaron de esos momentos que recordamos como hechos articulares de la construcción de nuestra patria.

Este tipo de ediciones, ¿soportan el paso del tiempo y se sostienen en la venta? ¿Las editoriales promocionan especialmente esos títulos?

A través de la literatura cobran vida las microhistorias que, como pequeñas piezas de un gran rompecabezas, van construyendo la historia narrada en los grandes relatos. Los textos que se brindan en esta propuesta son textos literarios que merecen ser abordados desde el placer de descubrir los mundos que la literatura ofrece. Pero también son disparadores para iniciar una reconstrucción del pasado a través de la investigación de los hechos históricos. Son libros que se sostienen en el tiempo y forman parte del catálogo vivo de nuestra editorial. Para decirlo en términos numéricos, de los libros editados para el bicentenario de 1810, hemos vendido a lo largo de 5 años más de 300.000 ejemplares. Significa que para nosotros no es una movida esporádica ni oportunismo a partir de una efeméride: los libros son buenos, gustan, se leen y se siguen leyendo.

Este tipo de movimientos editoriales ligados a circunstancias históricas, ¿fomentan y amplían la posibilidad de que los autores visiten las escuelas para trabajar los textos en clase con los niños?

Por supuesto que las visitas de autores a colegios son una actividad enriquecedora y estimulante, y muchos de ellos lo hacen. Pero no debería ser la condición para seleccionar y leer una buena obra literaria en clase: el libro se debería sostener por sí solo.


Bicentenario 2016: Mario Méndez


¿Cómo se hace para “llevar a los chicos a 1816”, un lugar fundacional y necesario de la historia argentina, desde la literatura? ¿Cómo lo intentaste desde tu libro? Vos ya lo habías hecho en el Bicentenario de Mayo con El aprendiz.

Con imaginación, creo yo: la mía propia, y la de los lectores. Me puse a jugar con la idea del relato de un fantasma, que es el fantasma de Francisca Bazán de Laguna, con la intención de que los chicos participen de ese juego imaginativo. En mi novela, pinto a Francisca en vida, cuando se enamora, cuando tiene a su primer hijo y cuando se enfrenta ella misma a un fantasma, que deberá reemplazar cuando muera. Mi novela es  a la vez histórica y fantástica y puede ser un vehículo interesante para los chicos. Ya lo veremos.

¿De qué trata El fantasma de Francisca?

Es la historia de Francisca y de la casa, en paralelo: la casa fue la dote que recibió Francisca Bazán cuando se casó con Miguel Laguna. Eso es histórico, como lo es que ella alquiló la casa para que sesionara el Congreso. Lo que hice fue inventar la muerte de uno de los albañiles, Serafín, que se convierte en fantasma y por una cuestión que tendrán que descubrir los lectores, Francisca se compromete a reemplazarlo cuando le toque morir. Eso me sirvió como recurso para contar la batalla de Tucumán, el Congreso, la demolición, la reconstrucción y además historias ficcionales, que fui creando a partir de los hechos históricos.

Ya que también sos editor, ¿cómo ves las ediciones que se preparan especialmente para determinadas fechas patrias o hechos históricos relevantes?

Me parece un muy buen recurso editorial. Es sabido que muchos de  los libros para chicos que se publican llegan a los lectores gracias a la escuela. En este caso, las editoriales, que saben que el tema estará en boga, será seductor para los docentes, intentan llegar a ellos primero, para así conquistar a los chicos lectores. Y es válido, porque las malas novelas, aunque sean oportunas en cuanto a las efemérides, no sobreviven. Solo siguen su ruta las que, más allá de las fechas, conquistan a los lectores.

Las edades a las que están dirigidos los libros, ¿cómo se configura eso desde la escritura a la hora de hablar de hechos de la historia argentina?

Supongo que es una cuestión de oficio, que tiene que ver con los tonos, con la extensión total, hasta con la extensión de las oraciones. Pero es medio inexplicable. Yo la había pensado como una novela para chicos más chicos, después me di cuenta de que el tono que había usado daba para lectores de cuarto grado para arriba.

Este tipo de ediciones, ¿soportan el paso del tiempo y se sostienen en la venta? ¿Las editoriales promocionan especialmente esos títulos?

Soportan, como te decía antes, solo si son buenas. Hay casos de sagas a partir de las novelas que se publicaron en el bicentenario de la Revolución de Mayo, como Diario de un viaje imposible, de Shua y Laragione. Obviamente, pasado el boom de la fecha es difícil que se sostenga el mismo ritmo de ventas, pero pueden seguir circulando. Y claro que hay una promoción especial, las editoriales apuntan sus cañones a estas colecciones, saben que pueden ser un éxito.

¿Creés que las movidas editoriales ligadas a circunstancias históricas fomentan y amplían la posibilidad de que los autores visiten las escuelas para trabajar los textos en clase con los niños?

Sí, muchísimo. Habría que clonarse para ir a visitar todas las escuelas que quieren la visita del autor. Y habrá, sin duda, que visitar mucho, este año. Pero es un trabajo agradable, que se disfruta. Y los chicos muchas veces consolidan sus ganas de leer con estas experiencias.

Bicentenario 2016: Laura Ávila


La novela histórica es el género con el que más trabajás. ¿Cómo se hace para “llevar a los chicos a 1816”, un lugar fundacional y necesario de la historia argentina, desde la literatura? ¿Cómo lo intentaste desde tus dos libros?

Yo escribo ficción: me gusta enmarcarla en contextos del pasado, porque esto me induce a investigar y me produce mucho placer. Me fascina conocer lo que pasó antes, más que nada para tratar de entender el hoy. No sé si llevaré a alguien a 1816, o algún lado. Tampoco sé si el Congreso de Tucumán fue fundacional. Sé que intento recrear el pasado a través de mis novelas, para tratar de contar cosas que me impresionan del presente.

Sos una de las pocas autoras que en estos meses publica dos libros con esta temática: Final cantado y Moreno. ¿De qué va cada uno?

Mariano Moreno es una figura admirada y amada por mí, desde que tengo memoria. El libro es un guión que escribí  en el 2008, con la esperanza de que lo produjera Lita Stantic, que estaba interesada en el proyecto. Finalmente no filmé la película. Tenía guardado el guión en un archivo de la computadora, pero a la editorial Edelvives, especialmente a David Morrison, su jefe editorial de Latinoamérica, le interesó publicarlo. El libro cinematográfico cuenta la vida cotidiana y la revolución que intentó hacer Moreno en 1810. Es una historia de amor mezclada con una mirada de cómo fue el nacimiento de lo que hoy llamamos país. Ahí está el principio de todo, esos dos pensamientos que se enfrentan hasta el día de hoy. Es una historia triste pero muy hermosa de leer.

"Final cantado" salió en  2013, es una novela que recrea al coro de niños que cantaba con Blas Parera, el autor de la música de la canción patriótica que hoy llamamos Himno. Esteban Buch, investigador, autor de un libro crítico y hermoso, "O juremos con gloria morir" cuestionaba en esas páginas el hecho de que siempre se pensara en el Himno cantado por primera vez en casa de Mariquita Sánchez de Thompson, una mujer rica, con un piano importado, con pocos invitados, todos vecinos. En realidad, el Himno se estrenó en el Coliseo Provisional, interpretado por un coro de niños acompañado por músicos esclavos libertos, como el violinista Apolinario Pimienta. Me gustó  ese hecho. Traté de contar esas infancias cantoras que se soslayaron para contar otra Historia. Decidí hacer cantar a ese coro enmudecido. El libro es para niños: tiene mucho humor y lo siento muy dinámico y muy sencillo de leer.

Este año, que se cumplen 200 de la declaración de la Independencia, sale "Los espantados" un libro que habla acerca de la relación entre Laureano Medina, un chico de buena familia, blanco,  y la de Trinidad, la esclava de la casa. También habla de los mitos populares, del duende que se roba a las niñas en Tucumán. Y entre todo ese clima, como telón de fondo, se ve la instalación del Congreso y el germen de dos proyectos de país. El tono de este libro, de la editorial edebé, es de cartoon, de dibujo animado, casi. De hecho, la historia original parte de un guión de animación que escribí para una serie que se llama "Historias Chicas", que tuve el enorme vértigo de producir artísticamente.

Moreno está encarada de una manera muy original: es un guion de cine que, incluso, se puede leer como novela. Teniendo en cuenta que, además de novelista, estudiaste cine, ¿cómo encaraste ese proceso de escritura?

Como pude. Traté de que fuera entretenido. Del cine me viene la tradición de espectáculo fluido, de que para que algo funcione tiene que tener una estructura que se sostenga y un lenguaje accesible. Lo mío, por el momento, no son historias de gente pensando, sino de personajes haciendo. Todo bien dinámico, para que nadie se duerma en la butaca.

¿Cómo ves las ediciones que se preparan especialmente para determinadas fechas patrias o hechos históricos relevantes? ¿Creés este tipo de ediciones soportan el paso del tiempo y se sostienen en la venta?

No me gustan las publicaciones de efemérides. Pero las editoriales las piden.  Creo que el noventa por ciento de lo que se publica en general no va a ser recordado como obra literaria, pero quizás sí como fenómeno cultural. En cierta forma, la ficción histórica es una manera novedosa, en formato de novela infantil,  de abordar la historia con nuestros hijos. Son textos que abren un espacio de charla, de relectura.

¿Creés que estas decisiones editoriales ligadas a circunstancias históricas fomentan y amplían la posibilidad de que los autores visiten las escuelas para trabajar los textos en clase con los niños?


No sé. Un buen libro debería sostenerse solo, incluso para gente que no conozca el contexto histórico donde sucede. Es bueno que los autores nos encontremos con los lectores, pero para charlar de literatura, no para trabajar los textos. Los textos se trabajan adentro de cada uno.