viernes, 8 de mayo de 2020

El viaje inmóvil de Héctor Levin (primer día)



Primer día

-No va a poder ser, señor.
-¿Cómo?
-Que no voy a poder hacerle el checkout. El pueblo está aislado por esto de la pandemia. Se enteró, ¿no?
Héctor Levin miró al conserje, buscando una respuesta no ya en sus palabras, sino en el fondo oscuro de sus ojos marrones, que lo miraban como miraría un cuis o un gato cansado. 
-Sí, claro. –Dejó la pequeña valija en el piso. –Una pregunta. ¿El baño? Para no tener que... volver a la habitación...
-Sube por la escalera que está más allá de los ascensores. En el entrepiso, segunda puerta a la izquierda.
-Gracias. Ya vengo.
De cara al mingitorio, meditó acerca de aquel absurdo: había elegido ese hotel porque estaba alejado de la ciudad, de cualquier ciudad, y más aún de la que él quería alejarse, y ahora era él el que era obligado a apartarse de cualquier ciudad,  incluso del mundo.
Volvió a la recepción, enfrentó al conserje con ojos de cuis.
-¿Y cómo vamos a hacer? Me refiero a...
-El hotel le asegura el alojamiento hasta que sepamos qué medidas se pueden tomar. Luego veremos las condiciones. Vivimos en el reino de lo incierto. En verdad, podríamos decir que la situación se modifica pero la incertidumbre es la misma desde la antigüedad hasta hoy, aunque esa es otra pandemia.
-¿Cómo?
-Nada. No me haga caso.
-¿Puedo volver a tomar la misma habitación, entonces?
-Por supuesto –dijo el conserje-. ¿404?- y le devolvió la llave electrónica.


Esa mañana había guardado todo de manera metódica, ordenada, en la valija, había evitado una vez más aquel llamado telefónico y se había dispuesto a salir de la habitación no sin antes contemplar, nuevamente, como en una película inmóvil, el paisaje desde la ventana.
Corrió las cortinas, se quedó con la imagen del parque, allá abajo, los juegos para niños, la cafetería de troncos, las copas de los altos árboles cegando, o dejando entrever, a la distancia, la visión del cauce del río bajo un cielo encapotado que prometía lluvias.
No supo si era algo que había visto al levantarse, o era una imagen que arrastraba desde el sueño, pero en una ráfaga volvieron las figuras de la mujer y del hombre, ahí, juntos frente a las hamacas: se besaban, se chupaban, refregaban sus cuerpos, pero no estaban desnudos, sino vestidos. Lo que lamían, lo que chupaban, lo que besaban, antes de acceder a la piel, manto distante, era la ropa del otro.
“Amor con la indumentaria es profilaxis”, pensó ahora Héctor Levin, sonriendo para sí mismo, mientras revolvía los vestigios de esa ensoñación y colgaba, otra vez, el jean y la camisa en las perchas, doblaba los bermudas y la remera gris y las guardaba en el primer cajón.


Había comenzado a llover cuando  llamó el conserje.
-Buenos días, señor Levin. Le informamos que el desayuno, el almuerzo y la cena se servirán respetando el horario acordado previamente, pero con una mesa de por medio, para mantener una prudente distancia. Somos apenas ocho personas en el hotel, por lo cual confío en que la convivencia se dará de manera ordenada.
Héctor Levin escuchaba con atención las indicaciones, tratando de memorizarlo todo al mismo tiempo que el hombre ofrecía los detalles.
-Perfecto. Gracias.
-Vio cómo es, las reglas deben respetarse.
-Las reglas, claro –confirmó Levin
-Es cierto es que habría que preguntarse también por qué existen las reglas y para qué, y por qué esas y no otras, pero esa ya sería otra cuestión, ¿no?
-Claro. –Se quedó con la vista fija en el mullido edredón color crema de la cama doble plaza. –Claro.
-En todo caso, ponga el canal local, ahí van a dar a conocer las noticias. Que tenga un buen día.


Almorzó tarde, solo, viendo llover desde la galería de la planta baja, y se durmió con el rumor del viento sobre los árboles y el crepitar de la lluvia incesante contra los ventanales.
Al atardecer se preparó un café en la pequeña kitchinet de la habitación, se dedicó a caminar descalzo por la alfombra, el dulce roce de la pelusa sobre la planta de los pies. La lluvia continuaba allá afuera, nublando con levedad  la esfera campestre.
Abrió y cerró los cajones de la mesa de luz, revisó placares, reordenó la ropa, husmeó en el fondo del pequeño vanitory. En la canasta reservada para las revistas encontró un libro. Se preguntó quién lo habría dejado ahí. ¿Un cliente anterior, la mucama, el mismo conserje? ¿Olvido, intención? Abrió una página al azar, dio con un capítulo titulado “Duda”. Leyó tendido, vestido, descalzo, sobre el edredón color crema, hasta la hora de la cena.

Cuando estuvieron todos en la sala, el conserje se paró detrás de la barra, repasó algunas de las múltiples zozobras que la pandemia provocaba al mundo entero, y les recordó que debían colocarse mesa de por medio, a no menos de dos metros de distancia, y que tardarían más de lo habitual en cumplir con ciertos servicios, ya que, como empleados, apenas quedaban él y las dos mujeres de cocina y limpieza, los cuales debían higienizar con esmero cada uno de los elementos que utilizasen para no exponer a la clientela a posibles contagios.
Por último, guante en mano, dejó en cada mesa un recipiente con alcohol en gel y les entregó un barbijo para que utilizasen al salir de las habitaciones. Enseguida, la cocinera, una mujer extremadamente flaca, comenzó a servir los platos.
El resto de los huéspedes se dividían entre un hombre y una mujer, ambos solos, y una pareja. Más que en la mujer sola, que hubiera sido un hipotético estímulo para no pasar en soledad las noches que le quedaban por delante, o en el hombre, con el que, le llamo la atención, compartían un notorio parecido facial, Héctor Levin centró su atención en el funcionamiento de la pareja.
Él comía con fruición, hachando con atropello la carne, mientras ella lo hacía con una delicadeza extraordinaria; un par de veces la mujer había intentado promover una conversación, a lo que él había respondido con vagas onomatopeyas o indisimulado desinterés; ella bebía vino blanco con hielo, él, agua saborizada; él empujaba los bocados con pan, ella juntaba sus manos bajo la barbilla cuando no las tenía ocupadas en los cubiertos. Ni bien terminaron de comer, higienizaron sus manos con alcohol en gel, se colocaron el barbijo y subieron a su habitación.
El hombre solo hizo lo propio. Héctor Levin lo vio abandonar el comedor, se observó a sí mismo en el espejo de pie que estaba junto a la barra y dudó del parecido que había creído encontrar en un principio. La mujer encendió un cigarrillo y salió a fumar a la galería. La lluvia de fondo, y las sombras que proyectaban las farolas del camino de entrada, le daban a la escena un aire de film noir.
 “¿Estará sola?”, se preguntó, antes de arrastrar la silla hacia atrás y buscar la entrada magnética en el bolsillo.

3 comentarios:

Mario Méndez dijo...

Excelente primer capítulo. Esperaré con ganas los que siguen. Abrazo!

Unknown dijo...

Mmmmm que pasará?

Ani dijo...

Qué lindo volver a leerte! Y qué bueno que ya está la serie completa y no me quedo con la intriga... besos a todos <3