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lunes, 2 de noviembre de 2015

Homenaje a Antonio Dal Masetto: Al maestro, con cariño


A todo aquello que porte un gran tamaño, cuesta admirarlo a pocos metros. Como bien dice el título de la novela, Demasiado cerca desaparece. Quizás por eso los grandes ejerzan el retiro y la distancia.

Antonio Dal Masetto parecía encuadrarse dentro de ese subconjunto. Parco pero generoso, severo pero amable, detrás de los silencios vivía un hombre sensible; como dice Andrés Calamaro, un varón tierno.

A principios de los ’90, cuando yo quería ser un escritor pero desconocía absolutamente todo lo que implicaba serlo –todavía sigo sin conocerlo-, lo crucé en un viejo bar (esos espacios que él tanto amaba por entonces, lugares donde la soledad se ejerce rodeada por comunes y extraños) de Salto, el pueblo en el que nací y al que él llegó a los 12 años desde su Italia natal para aprender, en la calle y la biblioteca -coincidencia mediante, la misma en la que hoy trabajo- la vida y el idioma.

Radiante en mi ignorancia, le pregunté qué se necesitaba para escribir una novela. Sin poder citarlo textualmente, puedo recuperar, más de veinte años después, una teoría: ir juntando ideas sueltas, papelitos, hasta que un día todo eso concurriera para crear un argumento; por el momento ese era su sistema, y no era el único.

Años después, en una de las tantas entrevistas que le hice, me contó que el sistema le había deparado sus buenos dolores de cabeza: “Todos esos papelitos iban a parar a un gran cajón que había en mi departamento. Con los meses el cajón se fue llenando. Un día volqué el contenido sobre una mesa y era una montaña. La miré descorazonado y me pregunté si valía la pena intentar ordenar ese material o lo mejor era tirar todo a la basura. Opté por lo primero. Me dije: Por lo pronto, sin duda alguna, una novela se puede dividir en tres partes: comienzo, parte central y parte final, empecemos por ahí. Fui sacando papel por papel y con cada uno resolví si esa anotación podía ir en la primera, segunda o tercera parte. Así que la montaña quedó divida en tres. Todo eso fue a parar a cajas de zapatos que guardé en un armario. Un día saqué lo que correspondía al supuesto comienzo y me hice el mismo razonamiento: Todo comienzo puede dividirse en tres partes: Comienzo de comienzo, mitad de comienzo, final de comienzo. Nueva subdivisión. Y así seguí. La cosa terminó con docenas y docenas de pequeños paquetitos marcados con números e inscripciones. Finalmente, un día me animé, lo fui abriendo uno por uno y traté de pasar a máquina lo que había ahí adentro y esbozar capítulos. Todavía no tenía computadora. Fue una tarea ardua. En fin, son múltiples y complejos los  caminos para escribir una novela. Sin duda éste es uno de los menos recomendables. Sigo trabajando con anotaciones desordenadas, pero cuidándome de volver a caer en semejante trampa”.

Su personalidad se trasladaba a su escritura. Artista de lo poco, estilista puro, heredero de Pavese pero también de Hemingway -no en vano una de sus grandes amistades dentro de la literatura fue el Gordo Soriano- y de un simbolismo solapado, para nada estridente, alentaba una hipótesis: los personajes deben hablar de sí mismos a través de las acciones.

Quizás aquello deviniera en su sangre. Días después de enviarle a su madre el primero de los libros de la trilogía de la inmigración, donde ella era la protagonista, la llamó por teléfono y le preguntó si lo había leído y qué le había parecido. “Sí, sí, lo leí”, respondió ella. “Y qué te pareció”, repreguntó el Tano. Lo único que la anciana contestó fue: “está muy bien”. “Para mí fue más que suficiente”, confesó él. “Fue la mejor aprobación”.

Allá por 2010 me lancé, finalmente, a publicar mi primer libro. Como todo amante suicida de la escritura, lo solventé con mi propio bolsillo. Cuando otro grupo de suicidas apareció para reeditarlo, me la jugué: le pedí a Antonio por mail si no sería mucha molestia para él escribir un prólogo. La historia de mi investigación periodística estaba atravesada por Siempre es difícil volver a casa. Me llamó; me preguntó si tenía un cuaderno a mano, empezó a hablar con la morosidad que lo caracterizaba. A los quince minutos el texto había pasado por las llamas y ya se había enfriado. Poco le quedaba para ser definitivo. Hoy, esas "Palabras previas" son para mí un objeto inestimable.

Si fuéramos pretensiosos, y aunque a él quizás no le agradase, podríamos arriesgar que la obra de Dal Masetto se resume en tres grandes núcleos: la hipocresía del pueblo –pueblo chico, infierno grande, pinta tu aldea- que es espejo de la humanidad; la inmigración; el factor iniciático. Y siempre al rescate de la anécdota, costumbre tan propiamente pueblerina y de los bares del Bajo, a los que dejó tan pintados en las contratapas de Página 12. Y siempre lo indagatorio, el peso de las cuentas pendientes. Y antes incluso, como él mismo lo dijo, Siete de oro: “ahí ya estaba toda mi obra”.

Suele suceder con los maestros, con aquellos que, de tan grandes, al estar demasiado cerca, desaparecen: la sensación de que uno aprendió menos de lo que tenía a su alcance. Ahora, cuesta escribir sobre los muertos. Porque siguen flotando ahí, en la memoria. En lo onírico, en la lectura, en el hombre primal alrededor del fuego narrando lo que ha sido su día. Y más aún si el oficio y la búsqueda es la escritura. Idea derretida pero irrefutable: se sostienen en la obra y en las voces que supieron construir, cara a cara, aunque fuera de manera desordenada, como papelitos perdidos en una caja de zapatos.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

jueves, 3 de junio de 2010

Presentación de la segunda edición de "El caso Arroyo Dulce"


El próximo sábado 5 de junio, a las 19.30 horas, en el Salón Auditorio (Planta Alta) de la Biblioteca Tristán Lobos, se llevará a cabo la presentación de la segunda edición de “El caso Arroyo Dulce”, de Hernán Carbonel, editada a través de Editorial Galmort.

Esta reedición, corregida y aumentada, cuenta con un Prólogo de Sergio Pujol y Palabras previas de Antonio Dal Masetto, además de algunas correcciones de datos históricos, y suma un nuevo testimonio: el de Carlos Bedini padre.

A diferencia de la primera edición, esta segunda fue impresa a través de Ediciones Galmort, una editorial creada y dirigida por alumnos graduados de la Carrera de Edición de la Facultada de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Respecto de los prólogos que abren el libro, el primero es de Sergio Pujol (escritor, periodista, crítico musical, investigador del CONICET y titular de la Cátedra de Historia del Siglo XX de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata) y de Antonio Dal Masetto, un hombre de letras muy ligado a nuestra ciudad, quien, como sabemos, abordó el tema del robo a un banco en “Siempre es difícil volver a casa”.

Según Dal Masetto, “El caso Arroyo Dulce” representa “la enorme confusión que fue y es este país. Convierte algo anónimo, banal y anodino, en acontecimiento. Y muestra cómo un hecho tan común y repetido como un robo a un banco, que no suele ser, en general, noticia, sin embargo, escarbando un poquito, lo es”.

Recordemos que el libro retrata los dos asaltos al Banco de Crédito Rural de Arroyo Dulce, sucedidos en julio y diciembre de 1971.

La presentación de esta segunda edición de “El caso Arroyo Dulce”, de Hernán Carbonel, es el próximo sábado 5 de junio, a las 19.30 horas, en el Salón Auditorio (Planta Alta) de la Biblioteca Tristán Lobos.

martes, 22 de diciembre de 2009

sábado, 7 de noviembre de 2009

martes, 29 de septiembre de 2009

Un testigo más

El productor agropecuario

Carlos Bedini Padre es clase 32; nació en el campo -donde vivió hasta 1992- y se dedicó toda su vida a la actividad agropecuaria. Está casado desde hace poco más de medio siglo años con Brunilda -más conocida como Lili- y tiene dos hijos, Carlos Alberto y Walter. Hoy, disfruta de sus condiciones de jubilado y las ganancias que le da el arrendamiento de sus terrenos. Fue rehén en el asalto de julio del ‘71, pero no de los asaltantes, sino de un oficial de la fuerza pública.

“Era en el invierno del ’71. Yo iba a Arroyo Dulce por camino de tierra. En el Almacén de Piris había una carnicería, que era de un sobrino mío. Paré ahí para que él me acompañara a Arroyo Dulce a llevar unas bolsas a la Cooperativa. Yo tenía una Ford ‘68, una camioneta bárbara. Por suerte, ese día mis hijos no habían ido conmigo.

”Mi sobrino me dijo que se afeitaba y nos íbamos. Yo lo estaba esperando cuando pasa un Torino color marrón claro, té con leche, con una franja negra a lo largo. Viniendo de Arroyo Dulce, hay que hacer una curva y pasar el terraplén de la vía: el Torino pegó una derrapada, aceleró y siguió. Bien no me acuerdo, pero cuatro por lo menos iban. Le dije a mi sobrino: ‘¿Quién es ese loco que pasó?’.

”A los pocos minutos llega una camioneta, que era del dueño de la farmacia de Arroyo Dulce. Para y se baja un milico con un revólver en la mano. Creo que el apellido era Rodríguez; un entrerriano bastante compadrón.

”Estaba como loco. Parece que lo habían tenido muy mal durante el asalto. Él se había querido resistir y los ladrones lo habían fajado feo; le habían metido la cabeza bajo el escritorio, él se quiso dar vuelta para ver y le pegaron con la culata de un revólver. Le decían que no se moviera porque lo iban a liquidar.

”La cosa es que, cuando los ladrones dispararon del banco, el milico agarró al tipo de la farmacia, lo amenazó con el revólver y le dijo que lo llevara en la camioneta que tenía que agarrar a los ladrones. Cuando llegaron al almacén de Piris, el milico se bajó y me dijo: ‘Llevame a la comisaría de Salto que asaltaron el banco de Arroyo Dulce’.

”Yo no le dije que había pasado el Torino, porque sino me hace seguirlos. Igual, ya estarían lejos como para agarrarlos. Después nos enteramos de la avioneta en el Paraje El Crisol. Pero en el momento, yo pensé: si me hace seguirlos, nos acribillan.

”Camino a Salto, el tipo me agarraba el volante y me apretaba el acelerador, siempre amenazándome con el revólver. Yo creía nos matábamos, debíamos ir como a 130. La calle principal de la ciudad, en esa época, era doble mano, así que entramos al pueblo a más de 100 kilómetros por hora.

”Yo siempre llevaba en la camioneta una linterna bajo el asiento, por las dudas. Cuando doblé en la esquina de la comisaría, por la velocidad a la que veníamos, la linterna se salió de abajo del asiento y se me trabó abajo del freno. Me subí arriba la vereda, pegué el volantazo y salí justo. Casi me choco la pared de la municipalidad.

”Cuando paré, este tipo, que venía como loco, completamente sacado, se largó de la camioneta con el arma en la mano y entró corriendo en la comisaría. Como sería el ataque de nervios que tenía que agarró a trompadas una puerta y se abrió toda la mano. Después tuvieron que llevarlo al hospital.

”Al rato salió el subcomisario y me dijo: ‘quedáte tranquilo, pibe, que ya sabemos todo’. Y después me preguntó si no podía llevar a dos oficiales a que vieran si los ladrones habían echado nafta en alguna de las estaciones de servicio, porque ellos no tenían en qué ir. Recién entonces le conté cómo era el Torino, y me dijo que el dato le servía mucho.

Cuando subieron los oficiales para ir a recorrer las estaciones de servicio, uno de ellos me dijo: ‘Pibe, andá despacio, dejalos que se vayan. Total ya robaron’”.

martes, 31 de marzo de 2009

La pista falsa

-1-

Zulema Ford, la viuda de Antonio Molins, vive en Rojas desde 1971. Antes, el matrimonio residía en un campo cerca de Los Indios, una pequeña localidad al sureste de Rojas, al que se puede llegar por Ruta Nacional 188 o Ruta Provincial 30 y luego por un acceso por tierra.

Zulema recuerda que un día llegaron al campo tres hombres. Cuando salió el casero, le dijeron que iban de visitas, que conocían a la familia. Al entrar a la casa, sacaron las armas, le apuntaron a la familia y los empleados y los metieron a todos en la cocina.

Cuenta Zulema:

“Traían un portafolios, con joyas y plata. Comieron; charlaron entre ellos, tranquilos. Llegaron al mediodía y se quedaron hasta la nochecita. A Antonio, mi marido, lo llevaron a un galpón que estaba detrás de la casa, y le tiraron varios tiros al aire para que se asustara.

Después le sacaron las gomas a la camioneta. Lo que ellos querían era otro vehículo para seguir escapando. Tenían un auto color naranja o ago así, un color bien fuerte, y querían otro para despistar a la policía. Pero la camioneta no les servía porque les ofrecía mucho blanco.

Al final siguieron en el coche que tenían. A mi marido lo llevaron en el auto. El iba en el asiento, entre ellos, y le dieron un arma para que se defendiera en el caso de que los parara la policía.

Fueron hasta Inés Indart, por el camino viejo de tierra a Salto. Lo bajaron cerca de la rotonda de Salto y le dieron plata para que se volviera al campo. Al final, lo trajo un camionero”.

Juan Carlos, hijo de Zulema, que por entonces era un chico, amplía al respecto:

“La policía los estaba esperando en el Balneario, en Salto. De ahí escaparon por caminos de tierra, y no sé cómo llegaron a Los Indios. Me acuerdo que era un sábado. Los atendió Obdulio González, el casero, que tenía a la mujer embarazada. Mi padre había ido al campo; cuando volvió, se encontró a los tipos adentro.

Al auto, primero, lo dejaron cerca de la casa, y después lo escondieron entre el maíz, que estaba alto, así que debía ser diciembre o enero. Hicieron la repartija de la plata, comieron bifes, huevos fritos y se acostaron a dormir la siesta.

Se quedaron hasta las ocho de la noche. A la camioneta de mi padre le sacaron el volante y las bujías, para que no los siguiéramos. Cuando se fueron, lo llevaron a mi padre con ellos. Fueron hasta Indart y de ahí por un camino de tierra hasta la Rotonda de Salto. Mi padre les hacia de guía, porque ellos estaban perdidos. Ahí lo bajaron y le dieron plata para que se volviera”.

Respecto de la relación de estos hechos con el asalto al Banco de Crédito Rural, Juan Carlos opina:

“Se que habían robado en Arroyo Dulce, no sé si un banco, pero sí en Arroyo Dulce. A Obdulio González le avisaron que tenía que ir a la rueda de reconocimiento, no me acuerdo en que ciudad los agarraron. Pero como González había quedado muy asustado de lo que pasó en el campo, no quiso ir”.

-2-

Mi padre, Hernán Ciriaco Carbonel, recuerda: “los tipos venían en una Chevy amarilla, o algo así, con techo de vinilo negro. Pararon en el almacén de Viso, que estaba sobre la calle Valentín Vergara, la continuación del camino de tierra a Arroyo Dulce. Detrás de ellos cayó la Estanciera de la policía. Se ve que ya les habrían avisado del robo.

La policía les pidió documentos. El tipo que manejaba amagó a sacar la billetera, pero lo que hizo fue manotear la palanca de cambios y salir rajando. Los tapó a todos de tierra.

De ahí se fueron por el camino de tierra a Hunter. Fueron hasta Colonia La Vigía. Se metieron en la chacra de los Molins y los ataron y encerraron. Después, como si estuvieran de vacaciones, comieron, chuparon, durmieron la siesta y se fueron”.

Carlos Viso, hijo de aquel que tuviera el almacén, corrige y agrega:

“No, no pararon en el almacén de mi viejo. Pararon mucho antes, más cerca del puente. Los tipos venían tirando tiros al aire, sacando el cuerpo por la ventanilla. Los policías que estaban esperándolos en el puente se escondieron, del miedo que tenían. Un patrullero los siguió, pero los tipos doblaron antes y agarraron el camino al Molino Quemado, y la policía siguió de largo, hasta donde se corta la calle”.

-3-

Tanto Juan Carlos Bianchi como Alejandra Viera, sospechan que en nada se relacionan este hecho con los dos robos al Banco de Crédito Rural de Arroyo Dulce de 1971, y que no se trataría más que de un tercer asalto, sin conexión alguna con los dos anteriores.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Escribe Joaquín Frías sobre "El Caso Arroyo Dulce"


Los asaltos al banco de Arroyo Dulce, durante1971, son tan improbables como un sitio al que le caen dos rayos. Es por lo menos curioso que un pueblito perdido del norte de la provincia de Buenos Aires sea el blanco de una banda profesional -que hasta fuga en avioneta- y que cuatro meses después prácticamente se calque la operación. Pero más curiosa todavía es la trama secreta que conecta los dos asaltos, vislumbrada por el periodista Hernán Carbonel. Una anécdota parroquial que se convierte en sinécdoque de la tormenta política que en breve azotará la Argentina. Porque al frente de la primera banda está Aníbal Gordon, futuro líder de la AAA (Alianza Anticomunista Argentina), grupo paramilitar de ultraderecha que desde 1973 cometería múltiples asesinatos políticos. Y militantes de la Juventud Peronista realizan el segundo robo, entre ellos dos guardaespaldas de Héctor Cámpora, delegado de Juan D. Perón, que en 1973 sería elegido presidente de la nación. Jóvenes que ya son o serán montoneros, la mayor organización político militar de la izquierda argentina. ¿Cómo se conectaron? ¿Alguien participó en los dos asaltos? ¿Delincuentes comunes o robo para financiar un ideal? El caso de Arroyo Dulce intenta respuestas a partir de estos materiales ambiguos característicos de la Argentina de los años 70.

martes, 9 de septiembre de 2008

Crítica en diario El Día de La Plata

"El caso Arroyo Dulce"
Hernán Carbonel, EPG Ediciones, 2008.


Los hechos: entre julio y diciembre de 1971, el Banco de Crédito Rural de Arroyo Dulce (partido de Salto, provincia de Bs.As.) fue asaltado dos veces. Partiendo de una cita bibliográfica (en La Voluntad), Carbonel inicia una investigación periodística sobre los hechos, no del todo aclarados debidamente. Es que si para la justicia son caso olvidado y cerrado, para muchos pobladores y testigos de la zona aún quedan puntos oscuros que persisten en el imaginario. En el primer caso actuó la banda de Aníbal Gordon, jefe de la tristemente célebre Triple A, circunstancia no del todo conocida. En el segundo asalto, un par de posibles cuadros montoneros habría dejado su huella en el paso por Arroyo Dulce. Testimonios, datos, fechas y una profunda investigación periodística reconstruye los dos asaltos y expone nuevamente los hechos. Si bien se trata de casos muy puntuales, los hechos en su momento tuvieron gran repercusión nacional. El mérito del trabajo de Carbonel, escritor y periodista, no se reduce a un mero acopio de datos o a relevar la palabra de testigos, sino que por detrás de las opiniones y los hechos emerge en el libro la imagen de un país sacudido por la violencia, confrontado a la intolerancia política y presa del deterioro de las instituciones. Ese cuadro de situación está expuesto lúcidamente como telón de fondo, y aun hasta en los diálogos que apuntalan los hechos es perceptible el "tono", la temperatura de una época signada por la inestabilidad política, económica y social. Un excelente trabajo con apéndice y notas que ayudan a revisitar ese tiempo.

http://www.eldia.com.ar/edis/20080907/revistadomingo66.htm

jueves, 21 de agosto de 2008

Presentación de “El Caso Arroyo Dulce”


El próximo 30 de agosto, Hernán Carbonel presentará su libro “El Caso Arroyo Dulce” en dicha localidad.

“El Caso Arroyo Dulce”, es el producto de una investigación de dos años, relacionada con dos asaltos al Banco de Crédito Rural llevados a cabo en 1971 y que surgiera a partir de la presencia del hecho en el tomo 2 del libro “La Voluntad”, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós.


La historia aborda una temática que, por estos días, la Argentina está revisionando: la década del ’70. Y, a la vez, se remite a contar lo sucedido en los lugares en los que hemos crecido y ante los cuales nuestra vida está ligada.


La cita es a las 20 horas en la Escuela Nº 16 de Arroyo Dulce.


“En un recuadrito, titulado con un simple signo de interrogación, se insinuaba la hipótesis alternativa de 'accionar subversivo'. Se insinuaba”. Juan Sasturain. Pagaría por no verte.