lunes, 26 de enero de 2026
viernes, 12 de abril de 2024
Entrevisté a Alejandra Kamiya y no lo recordaba
Lo he contado varias veces: entrevisté a Abelardo Castillo la noche del 22 de marzo de 2012, en un programa de radio llamado Margaritas a los chanchos, en vivo, vía telefónica. Esa crónica ya fue publicada en prensa y en libro, por lo cual mejor pasémoslo de largo. En ese momento, él estaba con los alumnos de su taller, los cuales, dijo Abelardo con humor, “están muy contentos con el reportaje, porque aprovechan para no hacer nada”. Incluso, hacia el final de la charla, pasó el teléfono y pude dialogar con algunos de ellos.
La última pregunta a Abelardo había sido sobre los géneros literarios: “Aquellos escritores con los que yo me formé, eran escritores que podían escribir en casi todos los géneros. Ahora: entendido esto, y entendido en que no creo en los géneros literarios sino en el hombre encarado con la materia de la literatura, creo que, en mi caso, no sé para el lector, lo que tiene más fuerza es el cuento”.
Hace un par de semanas, mientras releía “Un desayuno perfecto” de Alejandra Kamiya para dar un taller sobre narraciones cortas en segunda persona, se me acercó un vago recuerdo de esa charla con Abelardo. Fue mi amigo Germán Jorge quien me confirmó que la entrevista estaba libre en internet. Aquella noche de 2012, cuando le pregunté si, en su taller, sus alumnos trabajaban la novela, el cuento o la multiplicidad de géneros, Abelardo redobló la apuesta proponiéndome que le preguntara a alguno de ellos, que contestaría con más efectividad que él.
Primero fue el turno de Ariel –juro que mi curiosidad daría mucho por conocer su apellido–, que dijo que a Abelardo “le encanta dar sorpresas”; que esa noche, ya que era la entrevista, no habían leído textos propios, sino un canto de la Divina Comedia; que lo que más solían leer era cuentos y que, al menos él, cuando terminaba un relato, lo leía, corregía en el taller y, en todo caso, empezaba a escribir otra cosa. “Es doloroso cuando se escribe algo que después no funciona”, cerró.
Pregunté cuántos eran: nueve, dijo Ariel, diez con Abelardo. (No pude evitar imaginarla a Sylvia dando vueltas por la casa, la bandeja con café, en la oscuridad de la noche.) Entonces interrumpió Castillo: “Oíme, quiero que le hagas una pregunta a una escritora de mi taller. Ella es novelista. Entonces te puede explicar es el problema del cuento y la novela en el taller. Se llama Alejandra Kamiya. Tené en cuenta el nombre porque lo vas a oír muy seguido”.
Se oyen murmullos de fondo. Digo, como para llenar ese espacio de silencio que pesa toneladas en el aire de la radio, que esto es casi un “adelanto editorial”. Nos saludamos respetuosa, cálidamente con Alejandra. Se la nota, al principio, algo tímida, cohibida ante la situación. Luego se explaya.
–Yo empecé
trabajando cuentos, también –arranca Kamiya–, y después me fui dando cuenta yo,
y también mis compañeros, que mis cuentos tendían a dejar de lado la anécdota y
centrarse más en los personajes. Un poco la diferencia entre el cuento y la
novela, ¿no?, además de, obviamente, la extensión. Y fui haciendo ese cambio de
rumbo casi sin darme cuenta. Y ahora estoy trabajando sobre una novela, pero no
está ni a mitad de camino.
–¿Y de qué va?
–Es de una
familia... yo soy de origen japonés... es de una familia japonesa en Argentina,
en la que la protagonista, la narradora, se termina convirtiendo una mujer
pescadora.
–Algo muy fuerte
a la cultura oriental.
–Lo primero que traje es algo que para mí tenía forma de cuento pero que está como en el centro de la novela, que era la muerte de uno de los personajes principales. Fue algo que escribí suelto, y lo gracioso que me pasó –gracioso, o ridículo, o patético– es que lo traje y no podía parar de llorar cuando lo leía. Ahí me di cuenta que estaba trabajando algo que para mí era muy importante.
“Algo que para mí tenía forma de cuento pero que está como en el centro de la novela”. Me recordó a Cortázar confesando que lo primero que había escrito de Rayuela era aquel capitulo con Oliveira y el puente entre las dos ventanas y el paquete de yerba. “La muerte de uno de los personajes principales”: ¿la muerte de aquella mujer de “Un desayuno perfecto”?
¿Qué habrá pasado con esa novela que no estaba ni a mitad de camino? ¿En qué parte del camino habrá quedado? Alejandra Kamiya no publicó, aún, ninguna novela. Sí varios libros de cuentos: “Los restos del secreto y otros cuentos”, “Los árboles caídos también son el bosque” y “El sol mueve la sombra de las cosas quietas”, estos dos últimos, doy fe, maravillas de la sutileza, la búsqueda poética, el tono, las imágenes, el detalle, un cuidado –casi obsesivo– trabajo con el lenguaje. Tenía razón Castillo que íbamos a oír muy seguido de ella.
Eterna cadencia acaba
de publicar su siguiente libro, “La paciencia del agua sobre cada piedra” que
contiene cuentos como “La
garza” o “La
pregunta de Rawson”. La/s pregunta/s: ¿Qué habrá pasado con esa novela que no
estaba ni a mitad de camino? ¿En qué parte de ese camino habrá quedado? Algún
día, quizás, me anime a preguntárselo.
martes, 6 de junio de 2023
Entrevista a Roberto Musso
Fragmento de una entrevista a Roberto Musso, vocalista, guitarrista y fundador de El Cuarteto de Nos. 2016, para Revista Acción.
-¿Qué le debe El Cuarteto de Nos a otras bandas de rock uruguayo pos dictadura de los 80, teniendo en cuenta que sacaron sus primeros discos por aquella época?
Pertenecemos a una generación que tuvo que vivir la adolescencia en plena dictadura militar. Esa etapa de la vida que a uno lo marca más que ninguna otra. Y cuando vino la democracia nuevamente, que nos encontró a nosotros cursando los estudios universitarios, fue una época de una efervescencia cultural muy grande. Creo que paso algo similar allá en Argentina, tanto en bandas nuevas, en artistas plásticos como en el cine y el teatro que surgieron en ese momento. Fue un momento en que se formó un momento muy interesante y creo que fue lo que marcó la historia de El Cuarteto de nos de ahí para adelante.
-¿Por qué creés que se dio el "desembarco" de tantas bandas uruguayas en Argentina, a principios de los 90? ¿Qué condiciones se dieron para eso?
Uruguay siempre tuvo músicos muy destacados. En general, el rock había estado un poco sumido en las fronteras del público más que uruguayo, te diría montevideano. Pero en los ’90, con una nueva generación de gente que apoyó a la música –no estrictamente músicos: sonidistas, productores artísticos, productores ejecutivos, iluminadores– que no había quizás en la generación de la cual proveníamos nosotros, eso le dio un envoltorio a ese diamante en bruto que eran las canciones y los artistas, que lo hizo más escuchable fuera de las fronteras. Creo que fue ese el porqué de la exportación y del momento que vive hoy el rock uruguayo,
-Y llegando hasta hoy: ¿por qué creés que pudieron sostenerse con éxito en nuestro país?
La historia de El Cuarteto es un poco
particular en ese contexto. Es un poco mentiroso que empezamos hace tanto
tiempo porque éramos muy chiquilines; arrancamos tocando con doce o trece años
de edad. Y lo raro es que nos mantengamos casi todos los integrantes de la
formación original y con el mismo nombre. Hasta el disco Navidad en las trincheras, del ’96, era una propuesta sumamente
amateur la nuestra, y solamente como un divertimento. A partir de ese disco,
que sigue siendo el disco de rock más vendido de toda la historia en Uruguay,
nos posicionó en un lugar diferente. Sin embargo, no trascendió fronteras, fue
un poco para aquí y para un under bonaerense, nada más. Recién en el 2006,
cuando sale Raro, que es el disco que
nos abrió la puerta para Argentina y Latinoamérica, fue que pasamos a vivir
específicamente de la música y de El Cuarteto. Y quedaba la duda de si iba a
ser un grupo de Raro hacia adelante o
de Raro hacia atrás. Por suerte,
cuando vinieron los otros tres discos (Bipolar, Porfiado y Habla tu espejo),
nos dieron un marco para seguir mirando para adelante. Creo que el sostenerse
fue casi tan difícil como dar el puntapié inicial.
jueves, 22 de diciembre de 2022
Más de 100 jugadores sin ganar un mundial
Esta es la lista de jugadores que jugaron mundiales para Argentina entre 1990 y 2018 y no salieron campeones, o sea, entre la anterior copa obtenida en México y esta ganada en Qatar.
Javier Mascherano 4
Abel Balbo 3
Claudio Caniggia 3
Sergio Agüero 3 (*)
Roberto Sensini 3
José Chamot 3
Diego Simeone 3
Gabriel Batistuta 3
Ariel Ortega 3
Roberto Ayala 3
Juan Sebastián Verón 3
Hernán Crespo 3
Maxi Rodríguez 3
Gonzalo Higuaín 3
José Basualdo 2
Sergio Goycochea 2
Matías Almeyda 2
Claudio López 2
Germán Burgos 2
Pablo Cavallero 2
Marcelo Gallardo 2
Javier Zanetti 2
Juan Pablo Sorín 2
Walter Samuel 2
Pablo Aimar 2
Gabriel Heinze 2
Carlos Tévez 2
Rodrigo Palacio 2
Nicolás Burdisso 2
Martín Demichelis 2
Mariano Andújar 2
Sergio Romero 2
Lucas Biglia 2
Enzo Pérez 2
Marcos Rojo 2
Edgardo Bauza
Gabriel Calderón
Gustavo Dezotti
Néstor Fabbri
Néstor Lorenzo
Pedro Monzón
José Serrizuela
Juan Simón
Pedro Troglio
Fabián Cancelarich
Ángel David Comizzo
Sergio Vázquez
Fernando Redondo
Ramón Ismael Medina Bello
Fernando Cáceres
Jorge Borelli
Hernán Díaz
Hugo Pérez
Leonardo Rodríguez
Alejandro Mancuso
Norberto Scoponi
Carlos Roa
Mauricio Héctor Pineda
Pablo Paz
Nelson Vivas
Leonardo Astrada
Sergio Berti
Marcelo Alejandro Delgado
Mauricio Pochettino
Diego Placente
Claudio Husaín
Gustavo López
Cristian González
Roberto Bonano
Roberto Abbondanzieri
Fabricio Coloccini
Esteban Cambiasso
Javier Saviola
Juan Román Riquelme
Leo Franco
Gabriel Milito
Leandro Cufré
Julio Ricardo Cruz
Lucho González
Oscar Ustari
Diego Pozo
Clemente Rodríguez
Mario Bolatti
Ariel Garcé
Jonás Gutiérrez
Martín Palermo
Diego Milito
Javier Pastore
Ezequiel Garay
Hugo Campagnaro
Pablo Zabaleta
Fernando Gago
Agustín Orion
Augusto Fernández
Federico Fernández
Ricardo Álvarez
Ezequiel Lavezzi
José Basanta
Nahuel Guzmán
Wilfredo Caballero
Gabriel Mercado
Cristian Ansaldi
Federico Fazio
Éver Banega
Maximiliano Meza
Eduardo Salvio
Giovani Lo Celso (*)
Cristian Pavón
(*) No jugaron por lesiones o dolencias cardíacas, pero fueron
parte de la delegación de Qatar2022.
domingo, 20 de febrero de 2022
PERÓN VUELVE (antología)
“El peronismo es un movimiento pendulante, donde entra un poco de todo: lo mejor y lo peor. Y un relato fantástico. Porque el peronismo, más allá de ser un movimiento político -y cuando digo movimiento político hablo de un movimiento que ejecutó políticas reales, en las cuales uno puede estar de acuerdo o no- hay un relato fantástico, porque el peronismo es abarcativo”, dijo alguna vez Diego Capusotto en una entrevista.
Podríamos agregar: lo fantástico como elemento de la ficción. Un pensamiento que atraviesa la Historia y también la literatura. De eso se trata Perón vuelve, antología de cuentos recientemente editada en la colección Andanzas de Tusquets, con selección de Sergio Olguín y María Graciela Franco. “El hecho maldito del país burgués”, dice Reynaldo Sietecase en el prólogo, citando a J. W. Cook. La lectura, entonces, ejercicio de la memoria.
Los textos que la componen viven, a la manera de la Historia misma, en el vaivén entre el encono y la reivindicación, y atraviesan hitos trascendentales varios: el bombardeo del ‘55, el levantamiento de Valle, Ezeiza, la indeleble figura de Eva. Pero no remiten en exclusiva al pasado –hablando esta vez en sentido literario–, ya que muchos de ellos son inéditos: “Boulevard Perón 1974”, de Eugenia Almeida; “Soy yo”, de Esther Cross; “Ezeiza”, de Mariana Dimópulos; “Evita Capitana”, de Inés Garland; “Let’s talk about it”, de Alejandra Laurencich; “Hacia un mundo mejor”, de Ángela Pradelli y “La muerte de Selva y el Diablo Coludo”, de Ana María Shua. A los que se suman otros con firma de fuste como Abelardo Castillo (“Los muertos de Piedra Negra”), José Pablo Feinmann (“Digamos boludeces”), Néstor Perlongher (“Evita vive”), Ricardo Piglia (“Mata Hari 55”), Osvaldo Soriano (“Gorilas”) y Germán Rozenmacher (“Cabecita negra”). Mención especial para “Colimba”, de Tomás Eloy Martínez, ficción autobiográfica que remite a una anécdota de su paso por el ejército, originalmente titulado “Primavera del 55” y publicado en un medio neoyorquino.
Claro que en esa condición de, a la vez, abarcativo e inabarcable que ostenta el peronismo, talla tanto lo que entra como lo que queda afuera. Pensemos en otros relatos: en “Desagravio” de Piglia y en “La mujer muerta” de David Viñas, en “Simulacro” y “La fiesta del monstruo” de Borges –el segundo, con Bioy–, el hemingwayniano “Esa mujer” del gran Rodolfo Walsh, ese delirio lingüístico que es “El fiord” de Lamborghini (y las claves de Wilcock para leerlo) o la elipsis de “Felicidad” del propio Wilcock.
Ya en 2000, y a
través de editorial Norma, Sergio Olguín había compuesto una antología
homónima, con cuentos de Cortázar, Luna y Fogwill, entre tantos otros, muchos aquí ya citados, y prólogo de Jorge Lafforgue. “La constelación de textos
completa la otra cara que garantiza la existencia de la moneda”, como bien dice
Reynaldo Sietecase.
MEMORIAS DE UNA VIDA REBELDE
Defensora de los derechos humanos, feminista, docente universitaria, investigadora académica, poeta, cuentista, columnista de radio. A veces una vida podría resumirse en unas pocas palabras, pero es ahí donde, como decía Neruda, las palabras se adelgazan a veces. Eso sucede con Reyna Diez.
Su nombre completo era Carmen Josefina Luisa Suarez Wilson. Nacida en 1914 en Pergamino, provincia de Buenos Aires, se crio en la cercana Junín. Su padre fue fundador del diario El Mentor; su madre, una activa defensora de los derechos femeninos y laborales. Quizás de allí mamó Reyna la sabia necesaria para ponerse al hombro su primera actividad colectiva: salir en defensa de un grupo de anarquistas injustamente acusados de un atentado, en lo que se llamó Los presos de Bragado, una de las primeras luchas obreras argentinas.
Luego vinieron los años de matrimonio, la llegada de los hijos y la mudanza a Los Toldos, donde creó el Instituto Esteban Echeverría, ciudad de la que debió partir junto a su familia a causa del golpe del ’55.
En 1974, Reyna Diez fue la primera mujer en ocupar un decanato en la Facultad de Humanidades de la UNLP, con una impresionante visión modernista y reformista de los planes de estudio, casi en paralelo a sus investigaciones académicas centradas en literatura regional. La CNU y la Triple A ya acechaban y, una vez instaurada la dictadura militar, perdió a una de sus hijas (en pareja con Jorge Moura, hermano de los fundadores de Virus, también desaparecido), otra de ellas pasó casi una década detenida ilegalmente, y otro partió al exilio. Allí Reyna conformó Familiares de Detenidos Desaparecidos y Presos por Razones Políticas en La Plata, se sumó a Madres de Plaza de Mayo y representó a Argentina en FEDEFAM (Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos).
Concluyó sus días en casitas humildes de barrios alejados del centro platense, rodeada de nietos, mascotas, plantas y bibliotecas. Murió en 2001, a los 87 años.
Florencia Báez
se sirvió de un profundo trabajo de investigación en archivos varios y
recolección de testimonios (compañeros de trabajo y de militancia, hijos,
nietos, amigos y más) para reconstruir, desde diferentes registros, esa vida
dedicada a la lucha contra las injusticas, una inteligente interpretación de la
realidad y contribuciones intelectuales (llegó a conocer a Idea Vilariño y a
Gabriela Mistral). La de Reyna, una de esas existencias no tan anónimas que
flotan en la historia contemporánea y que es necesario rescatar a la hora de
reconstruir memoria colectiva y cultura general.
domingo, 27 de junio de 2021
Forn, esa pileta inmensa
Escribo esto al calor de la tristeza –porque en la tristeza suele
anidar también la calidez-, de la noticia recién conocida. Se nos fue Juan
Forn.
Lo conocí como lector (¿habrá manera mejor?) allá en los ’90, con ese
impresionante libro que es Nadar de noche.
Guardo las marcas con lápiz de la primera lectura del cuento que da título al
volumen –breve, certero, emotivo, daga en el pecho, efectivo como pocos– y de
la clase imperecedera de relato largo que es “El borde peligroso de las cosas”.
¿Vieron alguna vez entrar y salir a un narrador de esa manera? Véanlo, está
ahí.
Pasé por Puras mentiras y
alguna que otra de sus novelas, pero fue María
Domecq, relato mítico familiar por excelencia, la que, como suele decirse,
me partió la cabeza: “Cuando terminé María
Domecq, que era un libro en el que me quería quedar a vivir”, me contó en
una entrevista que hicimos vía telefónica en plena pandemia, él y su verborragia
inigualable desde Gesell, “me di cuenta de que lo tenía que soltar. Así que,
cuando lo solté, tenía una depre tremenda, y además sentía que no tenía ningún
interés en escribir narrativa y no sabía dónde meterme”.
Y donde se metió fue en Los Viernes –así, con mayúsculas–, las
columnas de P12 en las que inventó un género nuevo donde caben la biografía, la
autobiografía, la crónica, la sociología, el artículo periodístico y la
Historia atravesados por fabulosas vidas célebres y anónimas. ¿Se podía hacer
buena literatura con personajes reales? Claro que se podía.
Cada viernes amanecíamos –y las tostadas con queso, como nosotros,
sabrán que ya no lo haremos- famélicos de sus columnas como quien aguarda el
sermón de la montaña. Con el desayuno nomás entraba la magia de esa caterva de
personajes inolvidables sostenidas por una sola cualidad: la voz única de los
que saben escribir porque antes supieron ser mejores lectores. Ahora, como dijo
mi amigo Germán Jorge, los viernes serán apenas un día más en la semana.
El año pasado, desde Fundación La Balandra armamos un ciclo de
lectura a partir de sus columnas. Serguei Dovlatov, Danilo Kis, Joseph Brodsky, Dubravka Ugresic, Boris
Pilniak, esos rusos y europeos del Este que tanto lo convocaban.
El ciclo cerró con una charla en vivo con Juan. De fondo, la luz del
atardecer marino. Más acá, él, su mate, su vicio y su voz. “Yo uso la
literatura como campo de experimentación antes de probar las cosas en la vida”,
dijo, entre risas. “Basta que digas que una cosa no se puede hacer en
literatura para que encuentres que alguien la hizo o la va a hacer en algún
momento”, dijo, también, y: “La vida la entendés mirando para atrás, el
problema es que hay que vivirla mirando para adelante”. Y: “Piglia me dijo una
vez: 'el criterio como lector es selectivo, el criterio como editor es aglutinante’”.
Forn había partido al medio la historia de la edición argentina de los ’90 con
la colección Biblioteca del Sur de Planeta, y volvió al ruedo con los
raros-peinados-nuevos-y-viejos que es Rara Avis de Tusquets. Cuando Piglia
murió, Forn escribió una columna titulada “El escritor que enseñaba a leer”.
Esa máxima le cabe a él también, ineludiblemente.
Es difícil escribir sobre la muerte de los seres queridos. Forn no
lo era para mí, apenas si lo oí cuarenta minutos por teléfono y dos horas por
videoconferencia, pero fue, sí, un escritor querido, y eso a veces es mucho más
que una cara conocida en la cena de Navidad o Año Nuevo.
Como dijo alguien por ahí, por escribir tanto y tan bien le ganó
tiempo a la muerte, como Jaromir Hladík, aquel personaje de “El milagro secreto”
de Borges que, frente al pelotón de fusilamiento, logra detener el tiempo para terminar
su obra inconclusa. O como en aquel cuento suyo, cuando el hijo le pregunta a
su padre muerto:
“– ¿Y cómo es? -dijo él.
El padre desvió los ojos y miró la pileta.
-Como nadar de noche -dijo. Y las ondulaciones de la luz se
reflejaron en su cara. -Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin
cansarse.”
Forn se fue el día del padre. El destino, a veces, se gasta unos
fichines con los elegidos.
