jueves, 28 de febrero de 2008

FRASE

"Hace treinta años, cultivar el rock era como ser rabino con Adolfo Hitler. Una permanente gambeta". Andres Calamaro.


miércoles, 20 de febrero de 2008

Queridos compatriotas:

Les prometí el pasado viernes 15 de febrero que en la próxima reflexión abordaría un tema de interés para muchos compatriotas. La misma adquiere esta vez forma de mensaje.

Ha llegado el momento de postular y elegir al Consejo de Estado, su Presidente, Vicepresidentes y Secretario.

Desempeñé el honroso cargo de Presidente a lo largo de muchos años. El 15 de febrero de 1976 se aprobó la Constitución Socialista por voto libre, directo y secreto de más del 95% de los ciudadanos con derecho a votar. La primera Asamblea Nacional se constituyó el 2 de diciembre de ese año y eligió el Consejo de Estado y su Presidencia. Antes había ejercido el cargo de Primer Ministro durante casi 18 años. Siempre dispuse de las prerrogativas necesarias para llevar adelante la obra revolucionaria con el apoyo de la inmensa mayoría del pueblo.

Conociendo mi estado crítico de salud, muchos en el exterior pensaban que la renuncia provisional al cargo de Presidente del Consejo de Estado el 31 de julio de 2006, que dejé en manos del Primer Vicepresidente, Raúl Castro Ruz, era definitiva. El propio Raúl, quien adicionalmente ocupa el cargo de Ministro de las F.A.R. por méritos personales, y los demás compañeros de la dirección del Partido y el Estado, fueron renuentes a considerarme apartado de mis cargos a pesar de mi estado precario de salud.

Era incómoda mi posición frente a un adversario que hizo todo lo imaginable por deshacerse de mí y en nada me agradaba complacerlo.

Más adelante pude alcanzar de nuevo el dominio total de mi mente, la posibilidad de leer y meditar mucho, obligado por el reposo. Me acompañaban las fuerzas físicas suficientes para escribir largas horas, las que compartía con la rehabilitación y los programas pertinentes de recuperación. Un elemental sentido común me indicaba que esa actividad estaba a mi alcance. Por otro lado me preocupó siempre, al hablar de mi salud, evitar ilusiones que en el caso de un desenlace adverso, traerían noticias traumáticas a nuestro pueblo en medio de la batalla. Prepararlo para mi ausencia, sicológica y políticamente, era mi primera obligación después de tantos años de lucha. Nunca dejé de señalar que se trataba de una recuperación "no exenta de riesgos".

Mi deseo fue siempre cumplir el deber hasta el último aliento. Es lo que puedo ofrecer.

A mis entrañables compatriotas, que me hicieron el inmenso honor de elegirme en días recientes como miembro del Parlamento, en cuyo seno se deben adoptar acuerdos importantes para el destino de nuestra Revolución, les comunico que no aspiraré ni aceptaré- repito- no aspiraré ni aceptaré, el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe.

En breves cartas dirigidas a Randy Alonso, Director del programa Mesa Redonda de la Televisión Nacional , que a solicitud mía fueron divulgadas, se incluían discretamente elementos de este mensaje que hoy escribo, y ni siquiera el destinatario de las misivas conocía mi propósito. Tenía confianza en Randy porque lo conocí bien cuando era estudiante universitario de Periodismo, y me reunía casi todas las semanas con los representantes principales de los estudiantes universitarios, de lo que ya era conocido como el interior del país, en la biblioteca de la amplia casa de Kohly, donde se albergaban. Hoy todo el país es una inmensa Universidad.

Párrafos seleccionados de la carta enviada a Randy el 17 de diciembre de 2007:

"Mi más profunda convicción es que las respuestas a los problemas actuales de la sociedad cubana, que posee un promedio educacional cercano a 12 grados, casi un millón de graduados universitarios y la posibilidad real de estudio para sus ciudadanos sin discriminación alguna, requieren más variantes de respuesta para cada problema concreto que las contenidas en un tablero de ajedrez. Ni un solo detalle se puede ignorar, y no se trata de un camino fácil, si es que la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos.

"Mi deber elemental no es aferrarme a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes, sino aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir.

"Pienso como Niemeyer que hay que ser consecuente hasta el final."

Carta del 8 de enero de 2008:

"...Soy decidido partidario del voto unido (un principio que preserva el mérito ignorado). Fue lo que nos permitió evitar las tendencias a copiar lo que venía de los países del antiguo campo socialista, entre ellas el retrato de un candidato único, tan solitario como a la vez tan solidario con Cuba. Respeto mucho aquel primer intento de construir el socialismo, gracias al cual pudimos continuar el camino escogido."

"Tenía muy presente que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz", reiteraba en aquella carta.

Traicionaría por tanto mi conciencia ocupar una responsabilidad que requiere movilidad y entrega total que no estoy en condiciones físicas de ofrecer. Lo explico sin dramatismo.

Afortunadamente nuestro proceso cuenta todavía con cuadros de la vieja guardia, junto a otros que eran muy jóvenes cuando se inició la primera etapa de la Revolución. Algunos casi niños se incorporaron a los combatientes de las montañas y después, con su heroísmo y sus misiones internacionalistas, llenaron de gloria al país. Cuentan con la autoridad y la experiencia para garantizar el reemplazo. Dispone igualmente nuestro proceso de la generación intermedia que aprendió junto a nosotros los elementos del complejo y casi inaccesible arte de organizar y dirigir una revolución.

El camino siempre será difícil y requerirá el esfuerzo inteligente de todos. Desconfío de las sendas aparentemente fáciles de la apologética, o la autoflagelación como antítesis. Prepararse siempre para la peor de las variantes. Ser tan prudentes en el éxito como firmes en la adversidad es un principio que no puede olvidarse. El adversario a derrotar es sumamente fuerte, pero lo hemos mantenido a raya durante medio siglo.

No me despido de ustedes. Deseo solo combatir como un soldado de las ideas. Seguiré escribiendo bajo el título "Reflexiones del compañero Fidel" . Será un arma más del arsenal con la cual se podrá contar. Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso.

Gracias

Fidel Castro Ruz

18 de febrero de 2008

domingo, 17 de febrero de 2008

martes, 5 de febrero de 2008

8 de febrero de 1986

"Los que dicen que los partidos de verano no se juegan en serio jamás pisaron un potrero o una cancha de papi. Hasta en el partido más amistoso jugado en una quinta después de un asado, se pone la pierna como se debe, se putea al compañero que la pasa mal y se corre hasta lamentarse de haber comido dos porciones de chinchulines."

Sergio Olguín



Promediaba el verano y sus clásicas copas en Mar del Plata. Más exactamente: 8 de febrero de 1986. River jugaba contra Polonia, que se preparaba para jugar el Mundial '86 y River para su gran año con el Bambino Veira al frente, en un triangular en el que que también participaba Boca Juniors.

Era un encuentro más, sin demasiadas presiones. Los polacos se adelantaron en el tanteador hasta ponerse 4 a 2 arriba. A siete minutos del final, Francescoli convirtió el segundo gol de su cuenta personal para acortar la distancia.

Sobre la hora, Ramón Centurión puso el 4 a 4, que parecía definitivo. Pero pasados los tres minutos de tiempo reglamentario, el Beto Alonso echó un tiro libre pasado desde la derecha que conectó el cabezón Ruggeri, y su testazo cayó en el pecho de Francescoli que, casi en la puerta del área, el Príncipe empalmó de chilena y la clavó en el palo izquierdo del arquero. No fue un gol más: fue de chilena, aunque el Enzo sea uruguayo. Fue "la" chilena: la inmortal chilena del inm-Enzo.

El tipo salió corriendo, sin saber con quien abrazarse de tanta alegría que le inundaba el pecho y, a la vez, queriendo abrazarse con todos. Nadie sabía muy bien si lo que había visto era verdad o una ilusión óptica propia del calor o la proyección de una película disparatada. El Bambino, con una actitud que con el paso de los años se volvería clásica, se metió a la cancha como poseído.
El estadio estallaba. Enzo Francescoli, de una vez y para siempre, comenzaba a subir los peldaños de la escalera que lo depositarían en la historia grande del fútbol argentino.

martes, 29 de enero de 2008

El triunfo también es melancolía

(Con esto, cerramos este momento-soriano de EPG, como homenaje a quien El Poeta de la Gacetilla considera uno de sus padres literarios...)

El triunfo también es melancolía


“No hay peor cosa que el partido se termine.
Que mejor que hacer el gol es enganchar para seguir gambeteando.
Que lo bueno es seguir jugando”.
Mario Méndez


Es lunes a la mañana y voy a la biblioteca. La piba que atiende es la novia de un amigo. Bah, amigo... acá es más fácil y cómoda la definición. Allá, en la ciudad, todo está más marcado: amigo o desconocido. En el pueblo es casi una estupidez decir conocido, porque después de una semana todas las caras del pueblo te resultan conocidas.

La cosa es que en la biblioteca está mi amigo. Son cerca de las doce y está esperando a que la novia termine con el laburo.

-¿Qué hacés? - me dice -. ¿Viste el partido? ¡Qué partido ganamos...!

Es hincha de River. Hay que felicitarlo. Un par de años que el Millonario no festejaba así en la Bombonera.

- No - le digo -. Bah, sí. Lo escuché por radio. Y después lo vi a la noche, en la tele.

- Pero, ¿no estás contento? Ganamos, chabón. Ganamos un partido chivo, quedamos primero, le rompimos el invicto a los bosteros. ¿Qué querés para ponerte feliz? ¿Un 4 a 0 sobre la hora?

- No, está bien. Sí estoy contento.

En realidad, lo que creo que pasa, es que me pongo a pensar en que las glorias de hoy son las catástrofes del mañana. Suena un poco apocalíptico y desolador este modo de ver las cosas, pero hoy creo que es así. La vida es un globo hueco y nosotros damos vueltas en él. Pero si le digo eso voy a entrar en una disyuntiva larga y sin sentido y la biblioteca va a cerrar y en sus caras se ve el deseo de irse a casa a horario. Así que, con un tímido “vamos River, todavía” en los labios me dirijo a los anaqueles. Doy unas vueltitas por el estante de los ensayos y descarto a Martínez Estrada, menos por la calidad de los escritos que por el hartazgo de cierta argentinidad. Paso por Borges, al que cada vez es más difícil eludir, pero con un juego de cintura digno del pibito Saviola me le escapo hasta la otra punta de la hilera de libros. Y ahí está, el azul oscuro, la tapa inconfundible esperándome. Nunca conocí a Osvaldo Soriano, pero es como si lo hubiese tratado una pila de años. Hay escritores a los que uno lee y le parece que en vez de leer su libro hubiera estado tomando unos mates con el tipo.

Así que me llevo el de Soriano a casa. Ya lo leí, debe ser la segunda o tercera vez que lo saco de la biblioteca, pero en la repetición está la fórmula.

-¿Por qué no te lo comprás? - me dice la bibliotecaria, alias la novia de mi amigo.

- Porque si no me perdería el placer de verlos a ustedes - digo, saludo y salgo.

Llego a casa. Pongo el agua para el mate. Le doy de comer a Bonita, que allá sale feliz, meneando su larga cola negra hacia el fondo del cantero. Cuando el mate está listo instalo los utensilios sobre la mesa ratona y me dedico al libro. Sé que el mate se va a enfriar ahí, al costado de todo, pero la cocina está cerca y el lugar a donde te lleva un libro queda lejos, muy lejos como para volver a cada rato.

Lo que me llama la atención es que las marcas de lápiz que hice la primera vez que leí el libro todavía están ahí. Sé que es un acto de impureza que un tipo marque páginas que pertenecen al pueblo, al colectivo. Pero me es imposible no acuñar el reflejo de la huella: ayuda a la memoria, tiende a evocar frases memorables que, sin el ímpetu de la señal, quedarían abandonadas a los mares de palabras que conforman un libro. Quizá es una costumbre que me quedó de la época de la universidad, donde uno subraya los textos para acordarse de esta o aquella idea con el mero fin de cosechar un ocho o zafar un cuatro.

El encuentro con mi amigo parece que también dejó su sello y entonces voy directamente al capítulo “Goles a favor, goles en contra”. Las memorias de Míster Peregrino Fernández. Las últimas que dejó el Gordo antes de irse para siempre. Las sentencias, los detallados exámenes.

El Míster y su alma de calefón. Él, que sabía que tanto en el amor como en el azar cuanto más lejos se vaya más posibilidades se tienen de ganar. Y por eso el jugador de más que metía de contrabando sin que nadie lo viera, y por eso siete delanteros y más vale un 4 a 6 que un 0 a 0. El Míster, el que se derretía por las palabras amables y las mujeres que fingen timidez. El de la melancolía que todo lo inunda y los tiempos en que la vida estaba llena de goles. Él, que tenía la certeza de que, justamente, la memoria, si voraz y violenta, es una materia exquisita...

Ahora el agua para el mate ya se enfrió del todo. Bonita volvió del patio con la pancita llena y duerme plácidamente sobre la cama. La tarde cae lenta en el pozo de la noche. Cierro el libro, justo después que Soriano convierta el imperdonable gol ante Barda del Medio y se arme el gran despiole gran. Y entonces una luz enciende, y algo se ilumina, y puedo verlo clara y definitivamente: por eso no festejé tanto el triunfo. Porque fue como ese libro inconcluso de Soriano con las memorias de Míster. Porque uno sabe que siempre puede haber más, mucho más y sin embargo, los partidos también se terminan.

jueves, 24 de enero de 2008

Soriano siempre, a voces


Eso de que a veces hace falta que alguien se muera para hacerlo más grandes de lo que fue en vida, suena tan tirado de los pelos como tantas otras teorías que pululan alrededor. Con el Gordo Soriano no hubo diferencias. Fue un grande en vida y lo seguirá siendo en las páginas publicadas y en las que no. La marca de un tipo que fue de los libros a los diarios y de los diarios a los libros.

Acosado y acusado sectores elitistas y academicistas de la narrativa argentina, los ecos de esa condición de marginal de Soriano salpicaron hasta este año. En enero de 2007, al cumplirse los 20 años de su muerte, Radar publicó un suplemento especial desde donde se le rendía homenaje y memoria. Acusaciones fueron, acusaciones volvieron, Saccomanno y Bayer y otros de un lado y Sarlo y otros del opuesto, prendieron una mecha que se apagó a los dos meses; si es que se apagó.

Ahora, vayamos de los diarios a los libros. Si bien – litigios de por medio – las reediciones de algunas novelas de Soriano llegan poco a las librerías, de a poco nos vamos conformando con poco. Aunque decir “poco” es tan bruto y arbitrario como tantas teorías que revolotean alrededor.

El domingo 27 de mayo de 2007, Página 12 editó el libro “Llamada internacional”, una recopilación de las contratapas (de las últimas páginas) de Página 12, publicadas por el Gordo entre junio del ’91 y julio del 96. ¿De qué hablan? De qué van a hablar. De política. Chorrean menemismo, esas páginas. Del peor. Si es que hubo algo de eso que no fuera peor. Y están escritas (valer resaltarlo, una vez más) por el Mejor Dialoguista de la Literatura Argentina. Sólo en formato diálogo; tan preciso y punzante y estertóreo que hay que tener memoria de riel para memorizar la tira de ironías. Como comenta Juan Forn en el Prólogo – “Llorar de risa” – lo “del interlocutor extranjero le gusta, y el de ponerlo a dialogar con él le resulta tan efectivo que empieza a no hacerle falta introducción”.

“Llamada internacional” es un libro que hace falta leer (leernos) para comprender (nos) en tanto parte de nuestra historia como argentinos en los últimos 15 años. ¿Suena a mucho? Como dice Juan Forn en el Prólogo: “Compruébenlo, si no”.

miércoles, 23 de enero de 2008

Anexo a las variaciones

Hay una historia semioculta en el final de La naranja mecánica. Cuenta el propio Anthony Burgess en la Introducción ("La naranja mecánica exprimida de nuevo") a una edición de Editorial Minotauro, que la publicación original de la novela cuenta con tres partes de siete capítulos cada una, o sea – “recurra a su calculadora de bolsillo”, ironiza Burgess - 21 capítulos en total. Eso en la edición original de Inglaterra. Ahora, sucede que, al editarse en E.E.U.U. (ese lugar donde todo parece estar predeterminado a modificarse y ser modificado), el editor de Nueva York prefirió publicar sólo 20 capítulos. O sea: dos partes de siete y una última de seis.

Surge una “profunda diferencia” respecto de la supresión. Y eso depende estrictamente de lo que sucede en ese último capítulo. Que lo cuente Burgess: el “joven criminal protagonista crece unos años. La violencia acaba por aburrirlo y reconoce que es mejor emplear la energía humana en la creación que en la destrucción. La violencia sin sentido es una prerrogativa de la juventud; rebosa energía pero le falta talento constructivo (...) llega un momento en que la violencia se convierte en algo juvenil y aburrido”. Al cabo que, el capítulo veintiuno de la discordia, “concede a la novela una cualidad de ficción genuina”, “asentado sobre el principio de que los hombres cambian”. Y 21 es, en simbología, el número de la madurez humana. Por una cuestión leguleya, a los 21 estamos dotados de cierto derechos civiles que nos otorga la sociedad, y, según el autor, estamos prestos a elegir entre el bien y el mal. Que es lo que a Alex, el protagonista de la novela, no le es permitido sino impuesto durante su juventud a través de los métodos del video. Si no hay el libre albedrío de la elección, nos convertimos en una naranja mecánica, “algo extraño hasta el límite de lo extraño”, un “hermoso organismo de color y zumo”, pero no más “que un juguete mecánico”.

El editor norteamericano veía la última parte de la novela “como una traición”. Dice Burgess, refiriéndose a la primera edición de 1962: “Mi libro era kennediano y aceptaba la noción de progreso moral. Lo que en realidad se quería era un libro nixoniano sin un hilo de optimismo”. Y de ahí viene la disyuntiva de Burgess: lo diametralmente opuestos que son la destrucción violenta y el talento constructivo, la guerra de Vietnam y la crítica a los regímenes totalitarios de dominación pavloviana, guardianes y represores al mejor estilo del cinismo orwelliano. Burgess no deja de aparecer como kantiano en la cuestión de la “decisión moral”: “¿el bien o que uno elija el camino del bien?”.

En la antítesis está el régimen; todo recurso se agota en sí mismo. “La vida se sostiene - sostiene Burgess - gracias a la enconada oposición de entidades morales”. Incluso el editor de Editorial Minotauro se encarga de confirmar a pie de página que “la traducción castella de A Clockwork orange (Minotauro, Barcelona, 1976) es la versión completa de la edición publicada en 1972 por Perguin Books Ltd. Harmondworth, Middlesex, England, y que no concluye en el ‘capítulo 21’”.

Burgess también se la agarra con Kubrick y dice que la historia de la película o de la edición norteamericana “es una fábula; la británica o mundial es una novela”. Importante diferencia. Si bien el último capítulo (el 21) es también una fábula, qué importa si opuesta a la fábula que es sin el último capítulo. Al fin y al cabo, aunque le demos la razón a Burgess, todo depende del modo en que lo miremos: si nos quedamos con la ultraviolencia de la adolescencia o el cambio que nos propone la condición - moral - de humanos más allá de las edades.