lunes, 13 de agosto de 2018
Tijeras
Las guarda. Bah. Se las guardan. Por seguridad. Siempre le digo. “Tenemos que recuperarlas, Roberto”. Hay corbatas como para poner un negocio. O para que se suicide el pabellón entero.
jueves, 3 de agosto de 2017
Soneto
Basta verlo, es sencillo:
Ocultar es su franela
Les gusta cortar la tela
Sin tijera ni cuchillo
No es absurdo su denuesto:
Las dos caras en la frente
Ese objeto que es la gente
Y su grato estilo impuesto
Van enlodando las cosas
Las oscuras, las mohosas
No las lloran: son sus vidas
Gritan, sí, desde las gradas
Cuentan solo las ganadas
Y sepultan las perdidas
viernes, 7 de abril de 2017
A caballo del aniversario
En una nota publicada hace algunas semanas en un suplemento cultural, se decía, acertadamente, que la literatura infantil y juvenil (LIJ) “es el único segmento del mercado editorial local que se expande tanto en cifras de venta como en la aparición de nuevos sellos”.
Una entre tantas otras de las grandes virtudes del nicho es el poder de adaptación a las efemérides: una producción contextual que no quede ceñida a los usos del calendario y la intención de extenderse en el tiempo. Con títulos proyectados de manera especial, el concepto motor es repensar el pasado desde una perspectiva que conjugue la ficción con lo histórico.
Así como el año anterior se publicaron volúmenes dedicados al Bicentenario de la Independencia, en 2017 el punto de partida es Mendoza, desde donde, hace doscientos años, José de San Martín inició aquella mítica marcha de su ejército hasta Chile para enfrentar a las tropas realistas.
La punta de lanza habría que buscarla allá por 2001, cuando la reconocida Adela Basch publicó su obra de teatro José de San Martín caballero del principio al fin. “Me es difícil saber el número de ediciones, porque hubo cambios de diseño y cambio de nombre de la editorial, que antes era Alfaguara y ahora es Loqueleo Santillana, y con cada cambio salía una edición nueva y también se seguía vendiendo la anterior”, detalla Basch, “pero puedo decirte que hasta ahora han sido algo más de 20.000 ejemplares”.
Pero la apuesta editorial con el Cruce de los Andes como eje va de la mano, claro, de las novedades. La gran pregunta es cómo encontrarle una vuelta de tuerca a un asunto tantas veces tratado y no caer en deslucidos estereotipos.
“Lo interesante es trabajar con autores expertos y destacados en la LIJ, que conocen muy bien el género y la forma adecuada de dirigirse a los niños”, cuenta María Fernanda Maquieira, Gerente Editorial del sello Loqueleo Santillana. “Para un tema tantas veces contado hay mucho trabajo de investigación y de lecturas previas para descubrir esas anécdotas curiosas que no aparecen en el manual. También es fundamental que los personajes no se vean estereotipados sino hallar su carnadura, su humanidad, para transmitir la emoción de los hechos”.
En la misma sintonía va Cecilia Repetti, Gerente de LIJ de SM Argentina: “Como siempre, en literatura, lo fundamental no es el tema sino el tratamiento que se le da, la aproximación estética que cada autor elige. Así es que, en nuestro caso, cada uno de los libros tiene la impronta que le ha querido dar el escritor, y en eso hemos respetado el abordaje”.
CONTAR LA HISTORIA
SM ha proyectado para este año cuatro títulos bajo el lema Gesta sanmartiniana, dentro de la colección El Barco de Vapor: Cuando andes por los Andes, de María Inés Balbín, (serie azul, desde 7 años); Albertina, la ayudante de San Martín, de Liza Porcelli Piussi (serie naranja, desde 9 años); Recuerdos para Merceditas, de Fabian Sevilla (misma serie) y El cruce. Historia de una epopeya, de Franco Vaccarini (serie roja, desde 12 años).
Otros títulos que le vienen a la saga son los de Laura Ávila, con Libertadores, de editorial Edelvives, donde una niña pehuenche se cruza accidentalmente en el camino del ejército de Los Andes, y, por la recientemente creada colección infantil Planeta Lector, Los músicos del 8, que narra las peripecias de dos chicos de ascendencia africana que forman parte de las tropas del ejército de Los Andes.
También por Edelvives, otro de los grandes del género, Mario Méndez, saldrá con El camino de San Martín y otros cuentos de concurso: una serie de relatos enmarcados donde, refiere el autor, “tres escritores y una coordinadora se reúnen para leer los textos finalistas de un concurso de cuentos para chicos sobre San Martín”.
Para Repetti, son los docentes quienes “están en el centro de este proyecto. Los que conocen a sus lectores y sabrán qué libros elegir según las necesidades y las habilidades lectoras de los alumnos”. Maquieira, por su parte, opina que encarar esta temática para un lector infantil se da “encontrando un equilibrio entre la información histórica, los datos enciclopédicos, con una ficción de calidad, de modo que lo primero sea un marco verosímil pero que lo central sea el hecho literario”.
(Publicado en la revista Acción, primera quincena de abril de 2017)
TRES NOTAS SOBRE PIGLIA
EL RESCATE
A fines de 2016, casi en paralelo con el tomo II de Los diarios de Emilio Renzi (Los años felices), Ricardo Piglia
publicó en Tenemos Las Máquinas, pequeña editorial independiente de apenas
cinco años de vida, Escritores
norteamericanos, una serie de notas escritas allá por 1967. En su momento
fueron pensadas para acompañar una selección de cuentos que editó Tiempo
Contemporáneo, bajo el pulso del gran Jorge Álvarez y Pirí Lugones.
“Mi entusiasmo por la narrativa norteamericana, comprendo
ahora, fue una reacción frente a la influencia de Borges y Cortázar, que hacían
estragos entre los escritores de mi generación”, confiesa Piglia en la Nota a la edición. “La invasión, mi primer libro de cuentos, publicado también ese año
1967, tiene, creo, la marca de esas lecturas”.
-El libro surgió como un ofrecimiento de Ricardo –cuenta
Julieta Mortati, directora de Tenemos Las Máquinas-. Él conocía la editorial y
yo trabajaba como asistente suya. Como él dice en el libro, escribió esos
perfiles como prólogos a la antología Crónicas
de Norteamérica, y para esta edición decidió sumarle el artículo “Cuentos
policiales norteamericanos”, que también había editado con Jorge Álvarez. Para
el prólogo armó una secuencia de notas del diario y le sumó otras nuevas. El
libro finalmente terminó saliendo en diciembre, con el reciente triunfo de
Trump, en una tapa rojo Mao.
Las entradas del diario a las que se refiere Mortati pertenecen al ‘67, pero se le anexaron una de 2015 y otra de 2016. Escribe
Piglia: “Transcribo aquí los apuntes de mi diario, donde anotaba la marcha del
trabajo y sus condiciones materiales. Espero que el interesado o precavido
lector encuentre ahí el clima de esos tiempos a la vez alegres y fervorosos”.
Escritores
norteamericanos está compuesto, básicamente, por pequeñas biografías
trabajadas por el bisturí de la palabra y atravesadas por la estructura -no el
tono- de aquellos prólogos de prólogos de Borges; reseña bibliográfica a la vez
que crítica literaria, se fusionan Faulkner, Fitzgerlad, Hemingway, Updike y
Capote con Sherwood Anderson, James Purdy, Ring Lardner y Erskine Caldwell.
Queda claro que resulta extraño atenerse a la lectura de un
texto que referencia pero no incluye la obra literaria del autor citado, pero
eso, en algún punto, deja de extrañar: cada nota de Piglia es, de todos modos,
una clase de literatura en sí misma.
LOS APÓCRIFOS
En la página 111 del tomo II de Los diarios..., en una entrada perteneciente al año 1969, se lee:
“‘Sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido’, Borges. Usaré esta cita
como epígrafe de mi próximo libro”.
De hecho, Piglia la utilizó, pero de manera apócrifa. El
epígrafe de Nombre falso, su segundo
libro de cuentos, editado en 1975 es exactamente la misma frase, pero está
atribuida a Roberto Arlt.
Trescientas páginas más adelante, en una entrada de ese año
de sus diarios, Piglia aclara: “Colocaré una frase de Borges al frente de mi
libro Nombre falso pero se la
atribuiré a Roberto Arlt: ‘Sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido’. La
frase no hace más que sintetizar lo que es para mí el ‘tema’ central de ese
libro: las pérdidas”.
Lo que podría sintetizar este gesto literario (tan borgeano,
por cierto) es una idea que viene desde los orígenes de la literatura argentina,
y que linkea directamente con lo que el propio Piglia escribiría pocos años
después en Respiración artificial,
publicado en 1980:
“La primera página del Facundo: texto fundador de la
literatura argentina. ¿Qué hay ahí? dice Renzi. Una frase en francés: así
empieza. Como si dijéramos la literatura argentina se inicia con una frase
escrita en francés: On ne tue point les
idées (aprendida por todos nosotros en la escuela, ya traducida) (...) Pero
resulta que esa frase escrita por Sarmiento (Las ideas no se matan, en la
escuela) y que ya es de él para nosotros, no es de él, es una cita. Sarmiento
escribe entonces en francés una cita que atribuye a Fourtol (...) Sarmiento se
equivoca. La frase no es de Fourtol, es de Volney. O sea, dice Renzi, que la
literatura argentina se inicia con una frase escrita en francés, que es una
cita falsa, equivocada. Sarmiento cita mal”.
Y unas líneas más abajo: “Ahí está la primera de las líneas
que constituyen la ficción de Borges: textos que son cadenas de citas
fraguadas, apócrifas, falsas, desviadas”. Página y media después, se lee: “El
que abre, el que inaugura, es Roberto Arlt. Arlt empieza de nuevo: es el único
escritor verdaderamente moderno que produjo la literatura argentina del siglo
XX”.
Piglia, podríamos arriesgar, entonces, no sólo pone a Borges
a clausurar el siglo XIX (“Borges es anacrónico”; “clausura por medio de la
parodia la línea de la erudición cosmopolita y fraudulenta que define y domina
gran parte de la literatura argentina del XIX”) y a Arlt a abrir las puertas
del siglo XX, sino que, con su propia cita apócrifa de Nombre falso, donde ambos se conjugan, cierra el siglo XX.
LAS OBRAS PÓSTUMAS
Horas después de la muerte de Piglia, Mortati había confesado
en su cuenta de Facebook: “El ciclo de publicaciones de Ricardo Piglia por
suerte no se cierra, aún queda el tercer tomo de los Diarios y varios textos nuevos. Su muerte nos tomó de sorpresa a
todas las que trabajábamos con él porque su salud estaba estable, pero ahora me
doy cuenta de que se pudo haber ido en cualquier otro momento. Ricardo trabajó
hasta que se le paró el corazón, que es lo mismo que decir que no podía
trabajar de otro modo que no fuera con el corazón”.
Hace apenas unos días, la agencia de Guillermo Schavelzon
(agente literario y amigo de Piglia durante décadas, quien fuera parte de aquel renombrado
conflicto legal por Plata Quemada con
Editorial Planeta) emitió un comunicado donde detalla lo que ha de venir.
Además del tomo III de los Diarios, aparecerá Por un
relato futuro. Conversaciones con Juan José Saer, diálogos con aquel por
quien el autor de Respiración artificial
tenía una marcaba admiración; Los casos
del comisario Croce, cuentos que tienen por protagonista al personaje de Blanco nocturno, algunos de los cuales
formaron parte de Antología personal
(FCE, 2014); y Escenas de la novela
argentina, recopilación de clases que diera a través de la TV Pública. A
ello se agregarían los Ensayos Completos;
el citado viaje a China en 1973; La
Argentina en pedazos y otros prólogos, que linkea a un libro anterior,
ilustrado, donde Piglia aborda a Quiroga, Lugones, Cortázar, Viñas, Echeverría
y demás; y la edición de un texto basado en un seminario dictado en la UBA en
los años ‘90.
(Publicado en La Gaceta Literaria el domingo 26 de marzo de 2017)
sábado, 31 de diciembre de 2016
Papá toma
Papá toma.
Eso dice la abuela.
No sé muy bien qué quiere decir la abuela con
que papá toma, aunque más o menos me lo imagino.
Mamá hace como que la escucha y se pone con
algo de todo lo que tiene que hacer: ordena, plancha, nos prepara la merienda a
nosotros, lava los platos.
Está bien. La abuela no es la mamá de mi
mamá, sino la mamá de mi papá, por eso no tiene por qué hacerle caso. Pero hay
algo entre ellas que no se entiende, como si tuvieran que estar juntas aunque
no quisieran, igual que me pasa a mí con Josefina en la escuela, que es
peleadora, egoísta, y sin embargo, cuando nos toca hacer las tareas juntas, no
me queda otra que hacer grupo con ella.
La abuela viene casi todos los días a casa
porque papá trabaja desde la mañana hasta la noche. Entonces ella le ayuda a
mamá con los mandados, a cocinar o a tender la ropa, o con Guillermito, que
todavía usa pañales. Espera que papá llegue, charla un rato con él, lo reta,
porque las mamás siempre retan a sus hijos, y recién ahí se va a su casa. Que
tampoco es tan lejos, si la abuela vive a tres cuadras.
Lo que pasa es que a papá se le hace tarde.
Sale de la fábrica y siempre tiene que ir a un lugar o a otro, o se encuentra
con sus amigos –eso le dice mamá: que pasa mucho tiempo con sus amigos, lo que
para mí está bien: ¿a quién no le gustar estar con los amigos?– y llega para la
hora de cenar, o cuando Guillermito y yo ya nos estamos por ir a dormir.
A esa hora, papá suele hacer dos cosas:
o juega con nosotros, o se enoja. Si no llega muy cansado y está con buena onda,
se queda un rato en la cama contándonos chistes y nos hace cosquillas, o se pone
una frazada sobre la cabeza y juega al fantasma.
Si llega enojado, no hay ni cosquillas ni
fantasmas.
Yo pienso que si se enoja debe ser porque
está cansado, o porque él piensa de una manera y mamá de otra, y se enganchan
en esa diferencia que separa la idea de papá de la idea de mamá y la idea de
mamá de la idea de papá, y pasan horas y horas hablando sobre lo mismo. Es lo
que yo le digo a Guillermito: los grandes a veces son muy aburridos, y se la
pasan dando vueltas con cosas que no sirven para nada.
Cuando tardamos en dormirnos, los oímos
discutir desde la cama. Trato de no darle importancia a lo que hablan, más que
nada porque prefiero pensar en los dragones, a los que siempre imagino azules
en vez de rojos, viajando por todo el planeta, llevando a sus hijos dragoncitos
abrazados bajo las alas y echándole fuego a la gente mala que los quiere herir.
La verdad, tampoco es tan raro que los papás
se peleen. Yo les he preguntado a mis compañeros de la escuela y ellos dicen
que les pasa lo mismo, que sus papás también discuten y pelean. Yo pienso que
no está mal que los papás discutan, cualquiera puede pensar distinto de lo que
piensa el otro, siempre y cuando no se peguen.
Cuando discuten los fines de semana, con
Guillermito nos vamos al patio, que tiene los pastos un poco altos, porque papá
nunca tiene tiempo de cortarlos y para mamá la máquina es muy pesada, pero
nosotros encontramos un huequito para armar nuestro campamento.
Lo último que hicimos fue una casa para los
muñecos. La construimos con los ladrillos que papá compró una vez para hacer un
galponcito que nunca hizo, y un montón de botellas de vidrio vacías que estaban
tiradas al fondo. Le pusimos la Mansión del Mago Botellero, porque es la casa
de un brujo bueno que baja a la tierra para salvar a los niños de las cosas
malas que le puedan suceder. Nos pasamos horas ahí con Guillermito, nos
divertimos muchísimo.
Pero lo más divertido fue para la
navidad pasada.
Lo festejamos en casa. Papá protesto porque
no quería, pero mamá le contestó que daba igual pasar vergüenza en casa propia
que en casa ajena, y papá no dijo más nada. Para nosotros, genial, por fin
íbamos a poder jugar con los primos, con nuestros juguetes y en nuestra
habitación.
Eso noche papá sí tomó mucho. Mientras
hacía el asado, en la cena y después, cuando abrieron la sidra. Agarraba la
botella del pico y bailaba mientras esperábamos que se hicieran las doce para
abrir los regalos. Nosotros lo mirábamos bailar y aplaudíamos, pero a los
grandes no les causo tanta gracia.
En un momento del baile, papá tropezó y
enganchó con el pie el cable de las luces del arbolito. Papá no se cayó, pero
el arbolito sí, justo sobre una vela que había prendido mamá para pedir por los
buenos deseos, y el arbolito se empezó a prender fuego. Mamá y el tío Pocho
intentaron apagarlo con los pies, pero se ve que estaba muy reseco, y no
pudieron, y ahí agarraron fuego las cortinas, también. La casa era una locura. Los
grandes gritaban, iban de un lado a otro con frazadas, baldes de agua, se
chocaban entre ellos.
Los únicos que aprovechamos ese revuelo
fuimos nosotros, que nos encargamos de rescatar los regalos. Más allá de los
juguetes que eran para cada uno, mis primos se quedaron con un libro, un par de
zapatillas y un juego de herramientas. Yo, con una camisa a cuadros y un
folleto donde lo invitaban a papá a pasar un fin de semana en una granja de
campo con amigos. A Guillermito no le quedó nada, pobre, él es
muy chiquito y no entiende de estas cosas, todavía.
viernes, 9 de septiembre de 2016
Romero
Aunque
no me escuche, le digo a Romero que no, que es imposible que lo hayan matado
los indios. Está bien, sí, hace dos días estaba vivo y ahora no respira, qué novedad.
Pero ahí tirado en el galpón, entre los marlos, no puede hacer nada. No solo
que no respira; tampoco habla. Porque los muertos ni hablan ni respiran. Pero con
Romero es distinto, ya era distinto antes, cuando estaba vivo.
La
casa no va a ser la misma sin él. Los perros se olvidan de torear a los toros
cuando se acercan a la cerca de alambre, o no comen, porque no tienen quién les
dé de comer. Yo tengo que poner el agua, cargar el mate, cuidarme de que el
agua no se pase. Antes, a esa parte, la del agua, la hacía él. Ni que hablar
del trabajo. Estoy seguro de que el trabajo se va a echar a perder.
Romero
enloqueció, o terminó a enloquecer, hace un par de tardes, mientras
enganchábamos al tractor el arado. Se dio vuelta de golpe, como si alguien lo
hubiera llamado, “¡eh, Romero!”, y se quedó mirando el horizonte. La polvareda
que tontamente quería ocultar el horizonte, más allá de la hilera de pinos.
Podía
ser cualquier cosa: un camión que venía de cargar en la chacra de los Zalayeta,
la camioneta de Onega, que en vez de salir por la tranquera principal había
rodeado el monte y tomado el camino que vadea el arroyo.
Pero
Romero no.
-Los
indios –dijo, y dejó de trabajar.
Fue
y se sentó en un balde de veinte litros, a la sombra del depósito de las máquinas,
apoyó los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos y se dejó estar, viendo
pasar las hormiguitas en fila por el surco. Estaría por llover.
No
hubo forma, no quiso volver a la faena. Pasó las horas ahí sentado, como poste,
de cara a la nada, mucho después que la polvareda se disipara, fuera Zalayeta u
Onega o un tipo que anduviera perdido por los caminos de Dios, pero los indios,
a quién se le podía ocurrir si no a Romero.
No
era la primera vez que hablaba de ellos. Ya ni me acuerdo cual fue la primera.
Pero hubo una segunda y una tercera y otras más. Era siempre cuando le agarraba
el revire, y cuando le agarraba el revire solía ensillar su caballo -el caballo
de Romero merece un capítulo aparte-, y se iba al bar de Gomito y volvía, pero
no solo. En vez de quedarse allá, como hacían todos, amontonando un vino tras
otro, se traía a la chacra una tropilla de borrachos y baqueanos.
Me golpeaba la puerta de la pieza y decía:
llegó la indiada. Arrastraba las letras, medio en curda. Quien podía saber lo
que pasaría después. Dormir no, seguro. Se dedicaban a tomar vino y gastarse en
contrapuntos. Le gustaba ser local, no visitante a Romero. Yo en esos
casos prefería escuchar, jamás entrometerme con la paisanada.
La
otra, era irse solo al molino y cantar sin que nadie lo escuchara. Eso no era
raro. Raro era él. Distinto.
Al caballo le había puesto Smith, nunca
supimos por qué, por la escopeta, supongo. Lo había marcado en las ancas. No
una, veinte, treinta marcas, criatura de Dios, lo que habrá sufrido con esos
hierros calientes. Por qué, lo sabía él, nomás. Nunca quiso contarlo. Debía ser
para que no se lo robaran. La gente, los
indios. Aunque si se lo llevaban lejos, tierra adentro, carajo, cómo lo iba a
encontrar, por más que tuviera treinta marcas.
Hará una punta de días, el caballo apareció
achurado cerca del molino. Acostado, de costado, el cuello torcido hacia al
cielo como si lo último que hubiese hecho la pobre bestia fuera pedir
clemencia, con una lanza clavada en el pecho.
Qué le pasó, le pregunté.
-Los indios, otra vez –me dijo. Y se encerró
en la pieza.
Quise decirle que no, que era imposible que
lo hubieran matado los indios, pero no me dio tiempo.
Hasta lo de anteanoche. Por eso habían salido
las hormigas. Bruta tormenta se avecinaba. Había humedad, estaba pesado. Iba a
llover, nomás.
Miré por la ventana. Abajo los relámpagos
eran chispazo y destello. Quién no hubiera pensado que nos habíamos olvidado
del día del pueblo y que estaban tirando fuegos artificiales. Las vacas apuntaban
las ancas al sudoeste, las ranas enloquecían en el bañado.
Era la madrugada, escuché gritos en la pieza
de Romero. Esperé. No era la caterva de brutos y borrachos que lo acompañaban
desde el bar de Gomito cada tanto. Me levanté y lo espié. Dormido, soñaba. Se revolvía
en el catre como si lo hubieran poseído los fantasmas.
Volví a mi pieza. Empezó a llover. Primero un
goteo, como si cayeran clavos sobre las chapas de techo, después el chaparrón, como
si el mundo entero se hubiera vuelto líquido. Despierto esperé, hasta que lo oí
salir. Oí la tranca, el crujir de las bisagras. Volví a mirar por la ventana.
Romero estaba de bombacha y descalzo, el
cuero desnudo. Bajo el aguacero, empapado, atacaba a cuchillazos la hilera de
pinos. Le dedicaba un rato a cada uno y pasaba al otro, los acuchillaba,
furioso. En la noche negra se veían volar los pedazos de corteza. Los
relámpagos lo iluminaban. Los truenos resonaban, pero no podían tapar sus
gritos.
-Mueran, indios hijueputa –gritaba.
La escena me superó. Cerré la ventana. Dejé
que todo siguiera. Cerca del amanecer me dormí. Cuando desperté, ya no llovía. Me
calcé las botas de goma y salí de la casa. El barrial cubría el campo. El
cielo, encapotado, prometía más chaparrones.
Avancé entre el barro. Los troncos de la
arboleda estaban despedazados, como si un jaguar gigante los hubiera arañado.
La humedad ayudaba a que chorreara la savia. Romero no estaba.
Lo busqué en el depósito de las máquinas, en
el corral de los animales. Nada.
Cómo llegó hasta el galpón, no sé. Tirado entre
los marlos, inmóvil, parecía otra vez dormido. Me acerqué. Le hablé, como si
estuviera vivo, pero supe que no lo estaba. Aun había rastros de sangre en sus
manos. Claro que no era el mismo Romero. Muerto, no se parecía a nada.
Y ahí está, todavía. No me animo a
levantarlo. Tengo miedo que sea verdad, que no hayan sido el árbol ni el
cuchillo ni la tormenta, y que si lo corro de lugar o le doy sepultura vengan a
buscarlo, y si lo vienen a buscar a él también a mí me lleven.
lunes, 27 de junio de 2016
Más de 100 jugadores sin Copa América
Este es el listado completo de jugadores que han disputado todas las Copa América (1995, 1997, 1999, 2004, 2007, 2011, 2015 y 2016; en 2001 Argentina no participó) en los veintitrés años de sequía, desde 1993 hasta la actualidad. Hay algunos ignotos, pero sobre todo hay grandes, grandes jugadores que nunca lograron obtener un título continental con la selección nacional.
Sergio Romero
Nahuel Guzmán
Mariano Andújar
Juan Pablo Carrizo
Roberto Abbondanzieri
Agustín Orión
Pablo Cavallero
Albano Bizarri
Carlos Roa
Ignacio González
Marcelo Ojeda
Rolando Cristante
Germán Adrián Burgos
Carlos Bossio
Ramiro Funes Mori
Marcos Rojo
Nicolás Otamendi
Facundo Roncaglia
Gabriel Mercado
Jonatan Maidana
Víctor Cuesta
Milton Casco
Martín Demichelis
Ezequiel Garay
Pablo Zabaleta
Nicolás Burdisso
Gabriel Milito
Javier Zanetti
Nicolás Pareja
Roberto Ayala
Daniel Alberto Díaz
Hugo Ibarra
Gabriel Heinze
Juan Pablo Sorín
Facundo Quiroga
Diego Placente
Clemente Rodríguez
Leandro Fernández
Fabricio Coloccini
Nelson Vivas
Mauricio Pocchetino
Eduardo Berizzo
Walter Samuel
Mauricio Pellegrino
Mauricio Pineda
Pablo Rotchen
Jorge Martínez
Raúl Cardozo
José Antonio Chamot
Gabriel Schurrer
Néstor Fabbri
Javier Mascherano
Augusto Fernández
Matías Kranevitter
Éver Banega
Lucas Biglia
Erik Lamela
Javier Pastore
Fernando Gago
Roberto Pereyra
Esteban Cambiasso
Lucho González
Pablo Aimar
Juan Sebastián Verón
Juan Román Riquelme
Andrés D'Alessandro
Mariano González
Cristian González
Nicolás Medina
Andrés Guglielminpietro
Claudio Husaín
Diego Cagna
Christian Bassedas
Sergio Berti
Roberto Monserrat
Marcelo Gallardo
Rodolfo Cardoso
Hugo Pérez
Leonardo Astrada
Marcelo Escudero
Marcelo Espina
Juan José Borrelli
Lionel Messi
Gonzalo Higuaín
Sergio Agüero
Ángel Di María
Nicolás Gaitán
Ezequiel Lavezzi
Carlos Tévez
Diego Milito
Rodrigo Palacio
Hernán Crespo
Javier Saviola
Luciano Figueroa
César Delgado
Mauro Rosales
José Luis Calderón
Gustavo López
Guillermo B. Schelotto
Martín Palermo
Ariel Ortega
Julio Cruz
Marcelo Delgado
Martín Posse
Abel Balbo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)